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‘Túnel de San Adrian’, un lugar mágico, único y lleno de historia

El Territorio de Álava está repleto de cuevas y simas en los lugares más inesperados con un sin fin de metros de profundidad con ríos subterráneos, cascadas, pozos y estalactitas y estalagmitas. Lugares misticos y llenos de historias ocurridas durante miles de años consiguiendo que en la actualidad sean zonas de gran reconocimiento.

En este artículo vamos a descubrir ‘El túnel de San Adrián’. Situado entre Araba y Guipúzcoa, desde antes del medievo fue aprovechado por el hombre al trazar una calzada mítica que evitando el paso por las altas cumbres de la sierra de Altzania, enlazaba Francia y los puertos de Donostia y Pasai con la Llanada Alavesa y Castilla; favoreciendo el tránsito de mercaderías, ejércitos y peregrinos medievales que siguiendo el Camino Francés se dirigían a Santiago de Compostela. Se consideraba una hazaña atravesar éste pasaje entre rocas por lo que los peregrinos acostumbraban a esculpir sus nombres en la piedra. Se encuentra en el extremo sudoeste de la provincia de Guipúzcoa, muy cerca del límite con la provincia de Álava y no muy lejos de Navarra, dentro del término de la Parzonería General de Guipúzcoa y Álava y en los límites del Parque Natural de Aizkorri-Aratz..

Fue tanta la importancia de ésta Calzada Real que alcanzó carácter de frontera entre los reinos navarro y castellano. Por ello un arco de trazado gótico, que sirvió de paso aduanero se despliega en la entrada de la ermita de San Adrián.

Cueva de San Adrián entre Gipuzkoa y Araba en la Edad Media

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En 1495 el monje alemán Herman Künig von Vach habla de su paso por la ruta del Túnel de San Adrián a su regreso desde Santiago a Alemania en la guía de peregrinación que escribió.

Pocos años después, el hombre de estado y noble francés Antoine Laling, que acompañó la comitiva del futuro rey Felipe I de España (Felipe el Hermoso), arzobispos y otros nobles, a través de este paso, señaló que “en la parte superior hay un túnel requisito previo para llegar a Santiago“.

El Monte de San Adrián y el paso son “escabrosos y difíciles para caballos”, comentó el cartógrafo Jan Janssonius en su Novus Atlas. “Los pasajeros usualmente graban sus nombres en las gruesas piedras o en las rocas, de tal forma que hay registrados muchos nombres con la fecha o año en el que cruzaron la aspereza de estas montañas”, añadió.

Aproximadamente en 1567 Jorge Braun evoca el interior del túnel: la bonita posada y las buenas cenas ofrecidas a los peregrinos, especialmente a los que traían dinero, y el forraje suministrado a los caballos, sin importar si los viajeros carecían de dinero.

En 1572, J.B. Venturino viajó en el séquito del patriarca de Alejandría, que cruzó el túnel hacia el norte. La cueva “es oscura y aterradora”, observa, pero allí también menciona la ermita y la casa del gobernador, responsable de vigilar el paso, como refugios de predicación y garantía de seguridad para los viajeros.

A finales del siglo XVI, en 1599, Jacob Cuelvis informó en referencia a la ermita del Túnel, que “existe gran devoción de los peregrinos que vienen del camino de Francia para marchar a Santiago en Galicia“. En las descripciones se habla del pasaje y el paisaje que impacta a los viajeros.

En 1633 un franciscano menciona el apreciada agua que brota de la piedra dentro del túnel.

También los cantos de peregrinación franceses incluyen algunas líneas que se refieren al Mont Saint Adrien y habla de la dificultad de la ruta. Uno de los más conocidos es el siguiente:

Nous avons cheminé longtemps

Dans les montagnes de Biscaye,
Cheminant toujours rudement
Par le pays en droit voie,
Jusqu´au Mont Saint Adrien;
Prions Jésus‐Christ par sa Grâce
Que nous puissons voir face à face

La Vierge et Saint Jacques le grand.

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