El barrio de Salburua mantiene un pasado que no siempre es conocido por quienes viven entre sus calles. Mucho antes de los humedales, las viviendas recientes o las avenidas amplias, este terreno fue un aeródromo militar. Desde aquí despegaron aviones de la Legión Cóndor durante la Guerra Civil y participaron en los bombardeos de Gernika y Durango. El barrio es hoy un espacio lleno de vida, aunque varias esculturas y un paseo trazado sobre la antigua pista recuerdan que este lugar tuvo un papel decisivo en uno de los capítulos más dramáticos del siglo veinte.
Un aeródromo para impulsar el progreso
En septiembre de 1935 Vitoria inauguró un aeródromo situado entre Elorriaga y Betoño. Fue bautizado como Aeródromo José Martínez Aragón en recuerdo de un pionero local de la aviación fallecido ese mismo año. La pista tenía unos 950 metros de largo y 40 de ancho, una extensión suficiente para los aviones de aquella época. Su ubicación junto a la carretera Madrid-Irún respondía a la idea de integrar a la ciudad en rutas aéreas que unirían Madrid con París. La intención era convertir este espacio en una puerta de entrada al progreso.
La historia dio un giro muy rápido. Menos de un año después estalló la Guerra Civil y la instalación quedó militarizada.
La llegada de la Legión Cóndor y la actividad bélica
Con la ciudad bajo control sublevado desde el inicio del conflicto, el aeródromo se convirtió en una base de importancia estratégica. A comienzos de 1937 operaban allí aviones de la Legión Cóndor, la unidad expedicionaria de la fuerza aérea nazi enviada por Hitler, junto al contingente italiano de la Aviazione Legionaria. El campo llegó a albergar cerca de ochenta aparatos operativos en un entorno que todavía era rural. Desde Salburua partieron misiones en apoyo del frente franquista en el Norte.
El aeródromo tuvo un papel determinante en dos ataques que marcaron la historia de Euskadi. El 31 de marzo de 1937 aviones italo-germanos bombardearon Durango. El 26 de abril del mismo año despegaron los bombarderos que arrasaron Gernika. La destrucción del casco urbano, la muerte de cientos de civiles y la precisión del ataque confirmaron que la ofensiva buscaba aterrorizar a la población. También evidenció que la Luftwaffe estaba ensayando métodos de bombardeo masivo que después aplicaría en la Segunda Guerra Mundial.
Durante aquellos meses se produjeron escenas que quedaron grabadas en la memoria local. Un avión alemán llegó a estrellarse en la Plaza de España en 1936. Oficiales extranjeros se alojaban en el Hotel Frontón y se recuerda incluso la existencia de un prostíbulo reservado a la Legión Cóndor en la calle Prado. El general Emilio Mola también utilizaba el aeródromo. El 3 de junio de 1937 despegó desde aquí rumbo a Burgos y falleció al estrellarse su avión poco después.
El aeródromo fue rebautizado como Aeropuerto General Mola durante la contienda. En 1938 se retiraron los contingentes alemanes y la actividad militar disminuyó.
Posguerra y declive del aeródromo
Una vez terminada la guerra el aeródromo perdió su utilidad estratégica y se mantuvo con una actividad muy irregular. En 1946 se permitió de nuevo el tráfico civil, aunque la medida duró medio año. Al año siguiente las instituciones alavesas cedieron los terrenos al Ministerio del Aire con la intención de darle un uso definitivo. La iniciativa no tuvo éxito. En 1952 la compañía Aviaco operó vuelos a Madrid y Barcelona durante un breve periodo. Cinco años después se decretó un nuevo cierre.
La pista presentaba problemas que impedían un funcionamiento continuo. La cabecera sur estaba tan cerca de la carretera Nacional I que era necesario detener la circulación cada vez que un avión despegaba o aterrizaba. Aquella situación era comparable a la del aeropuerto de Gibraltar. Además, la ciudad de Vitoria no lograba atraer rutas regulares y las compañías preferían instalaciones mejor preparadas.
Durante los años cincuenta y sesenta el aeródromo quedó relegado a la aviación deportiva, la aviación privada y el aeromodelismo. La presencia de ganado pastando en la pista era tan habitual que los vecinos comenzaron a llamarlo el ovejódromo.
El crecimiento económico de Álava abrió un nuevo debate. La Cámara de Comercio impulsó en 1970 un estudio para conectar Vitoria con otras ciudades por vía aérea. La conclusión fue que la pista de Salburua no podía ampliarse. La alternativa llegó con la construcción del aeropuerto de Foronda, inaugurado en 1980. El antiguo aeródromo quedó definitivamente fuera de uso.
La urbanización de Salburua y la memoria que permanece
A finales del siglo veinte la expansión de Vitoria llegó hasta los terrenos del aeródromo. La zona se urbanizó de manera completa y el barrio de Salburua tomó forma sobre la antigua pista. Solo un elemento original sobrevivió a la transformación, un búnker de hormigón utilizado para almacenar municiones que hoy se encuentra oculto entre vegetación y con los accesos sellados.
El diseño urbano conserva sin embargo algunas huellas. El Paseo del Aeródromo mantiene la orientación exacta de la antigua pista de despegue. El trazado diagonal rompe la retícula moderna y funciona como un recordatorio permanente. En este paseo se colocaron dos esculturas de acero. Una representa un avión de papel y la otra reproduce la silueta de un avión de hélice a tamaño real. Junto a esta última se instaló una placa que informa de que desde este punto despegaron los aviones que bombardearon Gernika y Durango en 1937. Cada año suele celebrarse algún acto de homenaje en torno a esas fechas.
La memoria del lugar también pervive en los relatos vecinales. Personas mayores del entorno recuerdan cómo de niños pastaban vacas entre los aviones y las tiendas de campaña de los militares alemanes. Hoy resulta difícil imaginar ese paisaje en un barrio moderno que se identifica más con zonas verdes, colegios y familias jóvenes.
Una reflexión sobre el paso del tiempo
El pasado de Salburua plantea una reflexión sobre los usos de la tecnología y el impacto de la guerra. La pista que nació con la intención de unir ciudades se convirtió en el punto de partida de ataques que destruyeron poblaciones enteras. La modernidad enfocada al transporte se utilizó para sembrar miedo y muerte. Conocer esta historia ayuda a mantener viva la memoria de las víctimas y a entender cómo un avance técnico puede ser manipulado para causar daño.
El barrio que hoy ocupa este espacio también recuerda que es posible transformar un lugar marcado por la destrucción en un entorno lleno de vida. Vitoria ha convertido aquella pista entre patatales en un barrio con viviendas, centros educativos y un humedal protegido. Esa transformación también plantea el riesgo de olvidar. La memoria puede ser frágil si no se transmite.

