La danza no pide permiso al poder

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Opinión

Hay un momento en STORM, el nuevo videoclip de GENER8ION con Yung Lean, en el que la música deja de ser solo música y el cuerpo toma el mando. No hace falta explicar demasiado. No hace falta entenderlo todo. La escena funciona porque algo se organiza delante de nuestros ojos: rabia, belleza, grupo, impulso, amenaza, deseo. Eso es la danza cuando aparece de verdad. No adorna. No acompaña. Manda.

Y quizá por eso la danza también sirve para mirar otras cosas, incluso las que quedan en el margen. También desde este medio sabemos que comunicar no debería ser cerrar puertas, bloquear conversaciones ni confundir firmeza con exceso. Lo sabemos cuando la cuenta de la alcaldesa nos bloquea en X. Y lo sabe bien nuestro responsable en GasteizBerri, después de algún gesto reciente desde el jefe de comunicación municipal que, a nuestro juicio, se pasó de frenada.

Y quizá por eso hoy toca hablar de ella.

Hoy es 29 de abril, Día Internacional de la Danza. Uno de esos días que al principio parecen condenados a pasar sin demasiado ruido. Una fecha bonita, sí. Amable. De calendario cultural. De cartel institucional. De frase correcta.

Pero entonces aparece STORM.

Y de pronto todo encaja.

Porque millones de personas se han quedado mirando un videoclip donde la coreografía no es un detalle, ni un adorno, ni un fondo bonito para que el cantante parezca más interesante. La coreografía es la columna vertebral. Es el músculo. Es la amenaza. Es el corazón. Es lo que hace que aquello no se olvide.

Todos hablan de Yung Lean. De Romain Gavras. Del internado distópico. De la violencia estilizada. De la estética. De ese colegio sin adultos donde los cuerpos adolescentes parecen haberse quedado solos con el mundo.

Pero casi nadie nombra lo suficiente a Damien Jalet.

Y Damien Jalet es la clave.

Porque lo que en STORM podría haber sido solo provocación, moda, violencia y videoclip caro, se convierte gracias a la coreografía en otra cosa.

En un rito.

En una masa organizada frente al caos.

En un grupo de cuerpos que no solo acompañan la música, sino que la convierten en territorio.

En una comunidad extraña, inquietante, física, hipnótica.

Ahí está la danza.

En esa capacidad de hacer que un grupo de cuerpos diga algo antes de que nadie lo explique.

La danza no pide permiso

El Día Internacional de la Danza fue creado en 1982 por el Comité de Danza del Instituto Internacional del Teatro. Se celebra cada 29 de abril porque ese día nació Jean-Georges Noverre, coreógrafo francés considerado una figura clave del ballet moderno.

Bien.

La fecha está bien.

La historia importa.

El dato hay que ponerlo.

Pero la danza no vive solo en las efemérides.

La danza aparece cuando quiere. En un escenario, sí. En una academia. En una plaza. En una lonja. En una boda. En una cocina. En una habitación cerrada. En una pantalla vertical. En un videoclip que, de pronto, consigue que miles de chavales que quizá jamás han comprado una entrada para ver danza se queden mirando una coreografía sin saber que están mirando danza.

Y ahí está el gancho.

La danza entra sin avisar.

A veces no llega con cartel de festival. Llega camuflada en cultura pop. En un plano de Romain Gavras. En un gesto repetido por decenas de cuerpos. En una frase cantada que dice “united through the storm” mientras una multitud ya lo está contando mejor que la letra.

La danza hace eso: convierte una tormenta en forma.

Lo que el cuerpo sabe

Vivimos intentando explicarlo todo. Todo tiene que tener contexto, titular, análisis, reacción, comentario, captura, subtítulo. Todo tiene que pasar por la cabeza antes de tener permiso para existir.

Pero el cuerpo va por otro lado.

El cuerpo entiende antes.

Un cuerpo que baila puede contar miedo. Puede contar deseo. Puede contar pertenencia. Puede contar violencia. Puede contar fiesta. Puede contar duelo. Puede contar algo que todavía no tiene nombre.

Por eso STORM funciona tan bien. No porque sea bonito en el sentido fácil. No lo es. Funciona porque entiende que la danza no tiene por qué ser amable para ser poderosa.

La danza también puede ser incómoda.

Puede ser oscura.

Puede ser tribal.

Puede ser física hasta doler.

Puede tener algo de amenaza y algo de oración.

Puede parecer que va a romperlo todo y, de pronto, construir una imagen perfecta.

Eso pasa en STORM. La música golpea, Yung Lean aparece como un centro raro de gravedad, los cuerpos se agrupan, se tensan, avanzan, se responden. Y el vídeo empieza a hablar en otro idioma.

No el de la letra.

No el del argumento.

El del cuerpo.

Y cuando eso ocurre, el espectador no solo mira.

Reconoce algo.

Aunque no sepa exactamente qué.

Damien Jalet, o la victoria silenciosa de la coreografía

Que uno de los videoclips más comentados de estos días se apoye de forma tan clara en un coreógrafo debería decirnos algo.

Debería recordarnos que detrás de muchas imágenes que se vuelven virales hay una inteligencia del movimiento. Una arquitectura del cuerpo. Una manera de colocar brazos, espaldas, ritmos, respiraciones, distancias y golpes de energía para que algo atraviese la pantalla.

La danza casi nunca se lleva el titular principal.

Pero muchas veces es lo que hace que una imagen no se olvide.

En STORM, Jalet no rellena huecos. No “pone baile”. No decora. Construye mundo. Convierte a los alumnos en masa. Convierte el patio en ceremonia. Convierte la violencia en partitura. Convierte el magnetismo de Yung Lean en algo colectivo.

Eso es enorme.

Y conviene decirlo hoy.

Porque incluso cuando no la nombramos, la danza está ahí.

Sujetándolo todo.

La ciudad también se baila

Vitoria-Gasteiz no necesita parecerse a un internado distópico para entender esto.

Aquí la danza ocurre de otra manera.

Más cerca.

Más mezclada con la vida diaria.

Más pegada a la calle.

El festival 150 gramos lleva la danza al comercio y cambia la manera de mirar una tienda. Noches en Danza convierte las calles en escenario. Las academias trabajan todo el año, lejos del foco, formando cuerpos, disciplina, paciencia y deseo. Las compañías locales levantan piezas con mucho oficio y, demasiadas veces, con menos atención de la que merecen.

Y luego está la gente.

La gente que se para a mirar.

La que no pensaba quedarse y se queda.

La que pasa con prisa y reduce el paso.

La que no entiende del todo lo que ve, pero nota que algo ha cambiado en la calle.

Eso también es cultura.

Eso también construye ciudad.

Una ciudad no se mide solo por sus obras, sus datos o sus infraestructuras. También se mide por la belleza que permite que ocurra en medio de la vida diaria. Por los cuerpos que ocupan sus espacios de otra manera. Por las propuestas que rompen la rutina. Por quienes ensayan durante horas para que otros, quizá por casualidad, vivan un instante irrepetible.

En GasteizBerri creemos que la danza merece ser mirada así: no como relleno de agenda, sino como una forma de pensamiento, emoción y comunidad.

La danza no es solo entretenimiento.

Es memoria física.

Es lenguaje.

Es oficio.

Es riesgo.

Es juventud y es vejez.

Es tradición y es vanguardia.

Es plaza, aula, escenario, pantalla y calle.

Especial cultura · Vitoria-Gasteiz

La ciudad también se baila

Del festival 150 gramos a las imágenes de Noches en Danza y una conversación para escuchar sin prisa: tres formas de asomarse a la danza, la calle y la cultura viva de Vitoria-Gasteiz.

Ambiente de danza y público en Vitoria-Gasteiz
Cultura en movimiento Una selección para leer, mirar y escuchar la danza desde la calle, el público y el escenario.

También es una cuestión de gesto

Hablar de danza es hablar del cuerpo, pero también del espacio entre los cuerpos.

De cómo se entra.

De cómo se sale.

De cómo se toca.

De cómo se responde.

De cómo se mide la fuerza.

Y quizá por eso la danza también sirve para mirar otras cosas, incluso las que quedan en el margen. También desde este medio sabemos que comunicar no debería ser cerrar puertas, bloquear conversaciones ni confundir firmeza con exceso. Lo sabemos cuando la cuenta de la alcaldesa nos bloquea en X. Y lo sabe bien nuestro responsable en GasteizBerri, después de algún gesto reciente desde el jefe de comunicación municipal que, a nuestro juicio, se pasó de frenada.

No merece ocupar el centro de este texto.

Pero sí quedar anotado aquí.

Casi de lado.

Porque la danza enseña algo que a veces falta fuera del escenario: proporción.

No invadir el espacio del otro.

No empujar cuando basta con responder.

No convertir cada contacto en choque.

No confundir autoridad con volumen.

Y seguir.

Seguir bailando.

A quienes sostienen esto cada día

Este artículo va dedicado a quienes llevan toda la vida bailando aunque no salgan en ningún titular.

A las profesoras de academia que corrigen una postura por quinta vez con la misma paciencia que la primera.

A los chavales que ensayan en aulas con espejos rayados.

A las compañías locales que montan funciones con presupuestos imposibles.

A los técnicos que cuelgan focos cuando nadie mira.

A las familias que llevan a sus hijos a clase sin saber si aquello será una afición, una profesión o simplemente una forma de estar mejor en el mundo.

A quienes bailan tarde.

A quienes bailan mal.

A quienes bailan por primera vez.

A quienes bailan por última vez.

A quienes no se atreven todavía.

Y también a quien lea esto pensando que la danza no va con él.

Va.

Va con todos.

Porque dentro de cada cuerpo, incluso del más torpe, hay un archivo de movimientos esperando salir. A veces solo hace falta que suene algo. Que alguien tienda la mano. Que una plaza cambie de ritmo. Que una pantalla nos recuerde, como acaba de hacer STORM, que el cuerpo todavía puede decir cosas que las palabras no alcanzan.

Manifiesto mínimo del 29 de abril

via GIPHY

Queremos más danza.

Más danza en las plazas.

Más danza en los institutos.

Más danza en los presupuestos públicos.

Más danza en los escaparates.

Más danza en los videoclips.

Más danza en los teatros.

Y más danza fuera de ellos.

Más danza para los cuerpos entrenados y para los cuerpos torpes.

Más danza para quienes la estudian desde hace años y para quienes la descubren sin saberlo en una pantalla.

Más danza para las niñas que giran en el salón.

Más danza para las personas mayores que todavía reconocen una canción aunque hayan olvidado otras cosas.

Más danza para una ciudad que también necesita moverse de otra manera.

Porque la tormenta de Yung Lean, Gavras y Jalet pasará, como pasan todas.

Pero la danza no.

La danza estaba antes.

Sigue aquí.

Seguirá después.

En las cuevas y en los videoclips.

En las verbenas y en los teatros.

En los cuerpos profesionales y en los cuerpos torpes de un sábado por la noche.

En Vitoria-Gasteiz, en una tienda, en una plaza, en una academia, en una calle.

Tanzt, tanzt, sonst sind wir verloren.

Bailen, bailen, si no estamos perdidos.

Hoy se celebra a quienes nunca dejaron de hacerlo.

Y también a quien, después de leer esto, se atreva a empezar.

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