Cómo era irán antes de la revolución islámica de 1979

La revolución dio paso a la creación de la República Islámica de Irán, un sistema político basado en la autoridad religiosa.

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El actual conflicto en Oriente Medio y la escalada militar que afecta a Irán han vuelto a situar al país en el centro de la atención internacional. En medio de ese escenario, muchas miradas se dirigen también al pasado para entender cómo se llegó hasta aquí.

Irán no siempre fue la República Islámica que hoy domina el país. Antes de 1979, el Estado estaba gobernado por el sha Mohammad Reza Pahlavi y atravesaba un profundo proceso de modernización económica y transformación social. Durante varias décadas, especialmente en los años sesenta y setenta, el país vivió una etapa de crecimiento impulsado por el petróleo, apertura cultural en las ciudades y reformas impulsadas desde el poder.

Sin embargo, esa modernización convivía con un sistema político autoritario, fuertes desigualdades sociales y un creciente malestar entre sectores religiosos, intelectuales y populares. La combinación de crecimiento económico, represión política y tensiones culturales acabó desembocando en la Revolución Islámica de 1979, que transformó por completo el sistema político iraní.

Una monarquía autoritaria en plena guerra fría

En el plano formal, Irán era una monarquía constitucional. En la práctica, el poder político estaba concentrado en el sha Mohammad Reza Pahlavi y en su entorno más cercano.

El régimen mantenía una estrecha alianza con Estados Unidos y con países occidentales, que consideraban a Irán un socio estratégico en Oriente Medio durante la Guerra Fría. Su posición geográfica, fronteriza con la Unión Soviética y cercana a las principales rutas energéticas, lo convertía en un aliado clave para Washington.

El gobierno impulsaba un proyecto de modernización estatal que buscaba transformar la economía, la educación y la sociedad. Al mismo tiempo promovía una identidad nacional basada en el pasado persa anterior al islam. Monumentos, celebraciones históricas y campañas culturales recuperaban símbolos del antiguo Imperio Aqueménida.

Un ejemplo de esa política fue la celebración en 1971 del 2.500 aniversario del Imperio Persa, una fastuosa conmemoración organizada por el gobierno que pretendía reforzar el orgullo nacional y proyectar una imagen moderna del país.

Pero ese proceso se desarrollaba en un contexto de fuerte control político. Los partidos opositores estaban prohibidos o vigilados, la prensa tenía límites claros y las elecciones no ofrecían competencia real.

La savak y el control de la oposición

Uno de los pilares del sistema político era la SAVAK, la Organización de Inteligencia y Seguridad Nacional. Creada en 1957 con apoyo técnico de Estados Unidos e Israel, esta policía secreta tenía como objetivo controlar cualquier forma de oposición política.

La SAVAK vigilaba universidades, sindicatos, mezquitas y círculos intelectuales. Estudiantes, periodistas, religiosos y activistas podían ser detenidos por expresar críticas al régimen.

Diversos informes de organizaciones internacionales denunciaron la existencia de detenciones arbitrarias, interrogatorios violentos y torturas durante los años del régimen del sha. La represión afectó a grupos muy diversos: desde comunistas y nacionalistas hasta religiosos conservadores.

El clima de vigilancia y miedo no impedía la vida cotidiana en las ciudades, pero sí limitaba de forma clara cualquier actividad política contraria al gobierno.

La revolución blanca y el proyecto de modernización

El proyecto político del sha se articuló en gran medida a través de la llamada Revolución Blanca, un ambicioso programa de reformas lanzado en 1963.

El plan incluía medidas como:

  • redistribución de tierras
  • expansión de la educación
  • nacionalización de recursos naturales
  • participación de los trabajadores en beneficios empresariales
  • ampliación de derechos políticos para las mujeres

El objetivo era modernizar el país y reducir el poder de las élites tradicionales, especialmente los grandes terratenientes.

Sin embargo, muchas de estas reformas generaron resistencias. Parte del clero chiita consideraba que la occidentalización estaba debilitando los valores islámicos. Algunos comerciantes tradicionales del bazar también veían las reformas como una amenaza a su posición económica.

El programa modernizador también fue criticado por sectores intelectuales que denunciaban que los cambios se imponían desde arriba, sin participación democrática.

El petróleo como motor del crecimiento

La economía iraní experimentó un crecimiento muy rápido durante los años setenta gracias al petróleo. El país poseía cerca del 10% de las reservas mundiales de crudo y se convirtió en uno de los mayores productores del planeta.

En 1974 la producción superó los seis millones de barriles diarios, uno de los niveles más altos de su historia. Los ingresos petroleros llegaron a superar los 20.000 millones de dólares anuales, una cifra enorme para la época.

La industria petrolera estaba controlada principalmente por el Estado a través de la National Iranian Oil Company, aunque dependía de tecnología y cooperación con empresas occidentales.

El crecimiento económico permitió financiar grandes proyectos de infraestructuras, modernización industrial y expansión urbana. Nuevas autopistas, fábricas, universidades y barrios residenciales transformaron ciudades como Teherán, Isfahán o Shiraz.

Riqueza petrolera y desigualdad social

A pesar del crecimiento económico, la riqueza generada por el petróleo no se distribuía de forma equitativa.

Una parte significativa de los ingresos beneficiaba a las élites cercanas al poder político. Grandes empresarios, altos cargos del Estado y miembros de la familia real concentraban una parte importante de los beneficios.

Al mismo tiempo, amplias zonas rurales seguían viviendo en condiciones de pobreza. La migración masiva del campo a las ciudades generó nuevos barrios periféricos y tensiones sociales.

En los años setenta se estima que alrededor de una cuarta parte de la población iraní vivía en condiciones de pobreza, pese al crecimiento económico general.

La vida en las ciudades: modernidad y apertura cultural

En las grandes ciudades iraníes la vida cotidiana tenía una fuerte influencia occidental. Teherán, la capital, era una metrópoli con cines, cafés, discotecas y centros culturales.

La moda europea y estadounidense estaba muy presente en la vida urbana. La música occidental, el cine internacional y las tendencias culturales europeas eran habituales entre la juventud de clase media.

Las universidades eran mixtas y recibían a estudiantes de todo el país. Instituciones como la Universidad de Teherán se consolidaron como centros de formación académica y debate intelectual.

Miles de estudiantes iraníes recibían becas para estudiar en Estados Unidos o Europa, lo que reforzaba el contacto cultural con Occidente.

El papel de las mujeres en la sociedad

Durante las décadas previas a la revolución, las mujeres iraníes experimentaron avances importantes en derechos legales y participación social, especialmente en las áreas urbanas.

En 1963 se reconoció el derecho al voto femenino. En los años siguientes algunas mujeres ocuparon puestos en el parlamento, en el senado e incluso en cargos ministeriales.

La educación femenina creció con rapidez. A finales de los años setenta aproximadamente un tercio del alumnado universitario era femenino.

Las reformas legales incluyeron la Ley de Protección Familiar, aprobada en 1967 y ampliada en 1975. Esta legislación elevó la edad mínima para el matrimonio, limitó la poligamia y facilitó el acceso de las mujeres al divorcio y a la custodia de los hijos.

En las ciudades era cada vez más habitual ver a mujeres trabajando como profesoras, médicas, funcionarias o profesionales cualificadas.

Diferencias entre ciudad y mundo rural

A pesar de estos cambios, las transformaciones sociales se concentraban principalmente en las grandes ciudades.

En muchas zonas rurales la vida seguía marcada por estructuras sociales tradicionales. El acceso a la educación era menor y las oportunidades laborales más limitadas.

Las mujeres rurales tenían menos posibilidades de estudiar o trabajar fuera del hogar. El analfabetismo seguía siendo elevado en algunas regiones del país.

Esta brecha entre el mundo urbano y el rural fue uno de los factores que alimentaron el malestar social en los años previos a la revolución.

Las élites económicas del régimen

El crecimiento económico impulsado por el petróleo también dio lugar a una élite económica muy visible.

La familia real Pahlavi y su círculo cercano controlaban inversiones importantes en sectores como la industria, el comercio internacional y la banca. Altos cargos militares, empresarios y tecnócratas formaban parte de una nueva burguesía vinculada al Estado.

Muchos de estos empresarios mantenían relaciones estrechas con compañías occidentales y participaban en grandes proyectos financiados con ingresos petroleros.

Este grupo social vivía principalmente en barrios acomodados del norte de Teherán y mantenía un estilo de vida cosmopolita, con viajes frecuentes a Europa y Estados Unidos.

La ostentación de riqueza contrastaba con la situación de sectores populares y contribuyó a aumentar el resentimiento social.

El clero chiita y la oposición religiosa

Mientras el gobierno promovía una modernización secular, el clero chiita conservaba una fuerte influencia social, especialmente entre comerciantes tradicionales, clases populares y comunidades rurales.

Muchos líderes religiosos criticaban la occidentalización del país, la corrupción del régimen y la represión política.

Entre ellos destacó el ayatolá Ruhollah Jomeini, que fue expulsado del país en 1964 tras denunciar públicamente las reformas del sha.

Durante años, mezquitas y seminarios religiosos se convirtieron en espacios donde se difundían mensajes críticos contra el gobierno.

El inicio de la revolución

El descontento social empezó a crecer con fuerza a finales de los años setenta.

Uno de los detonantes fue la publicación en enero de 1978 de un artículo en un periódico cercano al gobierno que atacaba al ayatolá Jomeini. Las protestas que siguieron en la ciudad religiosa de Qom fueron duramente reprimidas.

A partir de ese momento comenzó una cadena de manifestaciones que se extendieron por todo el país.

Las protestas se intensificaron durante 1978. Huelgas masivas paralizaron sectores clave de la economía, especialmente la industria petrolera.

Uno de los episodios más graves fue el llamado Viernes Negro, el 8 de septiembre de 1978, cuando las fuerzas de seguridad dispararon contra manifestantes en Teherán.

El colapso del régimen en 1979

La crisis política se agravó durante el invierno de 1978 y comienzos de 1979.

El 16 de enero de 1979 el sha abandonó Irán. Semanas después, el 1 de febrero, el ayatolá Jomeini regresó al país tras más de quince años de exilio.

Millones de personas salieron a las calles para recibirlo. El régimen colapsó definitivamente el 11 de febrero de 1979, cuando el ejército anunció su neutralidad y el gobierno perdió el control del país.

El nacimiento de la república islámica

La revolución dio paso a la creación de la República Islámica de Irán, un sistema político basado en la autoridad religiosa.

La nueva constitución estableció el principio de tutela del jurista islámico, que otorgaba al líder religioso supremo el máximo poder político.

El cambio supuso una transformación profunda de la sociedad iraní, desde las leyes hasta las normas sociales y el papel de la religión en la vida pública.


Fotografía cortesía de Depositphotos.

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