Elizalde, los “kikos” y la disputa por el rumbo de la Iglesia alavesa

La carta atribuida a 52 sacerdotes abre el debate sobre el giro conservador de la Iglesia alavesa bajo el mandato de Juan Carlos Elizalde, con cambios en parroquias, seminarios, Cáritas y críticas por falta de diálogo.

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La carta atribuida a 52 sacerdotes de la Diócesis de Vitoria ha sacado a la luz una fractura que llevaba tiempo circulando en ámbitos eclesiales de Álava. El documento cuestiona la forma de gobernar del obispo Juan Carlos Elizalde durante sus diez años al frente de la diócesis y denuncia falta de diálogo, abuso de poder, autoritarismo en la toma de decisiones y escaso peso real de las comunidades parroquiales.

El fondo de la crítica no se limita a una lista de nombramientos. Parte del clero y de las comunidades creyentes interpreta que Elizalde ha impulsado un giro conservador en la Iglesia alavesa. Según esa lectura, movimientos como el Camino Neocatecumenal —conocido popularmente como los “kikos”— y el Opus Dei, que ya tenían presencia en Álava, han ganado ahora una influencia mucho mayor en la vida parroquial y en la orientación pastoral de la diócesis.

El Obispado rechaza esa interpretación. Defiende que los cambios responden a una reorganización necesaria por la falta de sacerdotes, las jubilaciones, el envejecimiento del clero y la necesidad de adaptar la pastoral a barrios y pueblos. La disputa, por tanto, no está solo en los hechos, sino en su significado: renovación para la Diócesis; deriva conservadora para sus críticos.

Un malestar acumulado

La carta de los sacerdotes sitúa el problema en el modelo de gobierno. Los firmantes acusan a Elizalde de tomar decisiones sin suficiente consenso y de apartar a las comunidades de creyentes de cuestiones que les afectan directamente, como la elección de quienes deben dirigir las parroquias.

También denuncian una pérdida de pluralidad interna. Según esa visión, la Iglesia alavesa ha pasado de una tradición más social, comunitaria y cercana a la base a un modelo más jerárquico, más devocional y más alineado con sensibilidades muy conservadoras.

El Obispado ha respondido apelando al funcionamiento de los órganos consultivos, en especial el Consejo Presbiteral. Elizalde sostiene que cuenta con apoyos dentro del clero y que mantiene abiertos los cauces de diálogo. Desde el entorno crítico, sin embargo, se cuestiona el peso real de esos órganos y se señala que una parte de sus miembros depende directa o indirectamente de decisiones del propio obispo.

El peso de los “kikos” y del seminario

Uno de los puntos centrales del debate es el crecimiento del Camino Neocatecumenal en la Diócesis de Vitoria. El movimiento estaba ya implantado en Álava, pero sectores críticos sostienen que bajo el mandato de Elizalde ha pasado a tener una presencia mucho más determinante.

El símbolo principal de ese cambio es el Seminario Diocesano Misionero Redemptoris Mater, vinculado al Camino Neocatecumenal y creado en 2017. Convive con el Seminario Diocesano de Vitoria, pero representa una sensibilidad propia, con una formación y una vida comunitaria marcadas por ese movimiento.

Para el entorno del obispo, el aumento de seminaristas es una señal de vitalidad. En los últimos años, la Diócesis ha destacado el crecimiento vocacional y las nuevas ordenaciones como uno de los frutos de esta etapa. Para los críticos, el dato tiene una lectura distinta: no solo importa cuántos seminaristas hay, sino qué tipo de sacerdotes se están formando y qué visión de la Iglesia llevarán después a las parroquias.

Según esa interpretación, el relevo generacional puede consolidar en los próximos años una Iglesia alavesa más conservadora en cuestiones como la mujer, la familia, la moral sexual o el papel del laicado.

Parroquias en movimiento

Los cambios de párrocos han sido uno de los elementos más visibles del mandato de Elizalde. No todos han generado la misma reacción, pero en conjunto dibujan una reorganización profunda de la Diócesis.

En 2021, José Ignacio Garrote fue nombrado párroco de San Pedro Apóstol y Jaime Sebastián Lozano, vicario parroquial. Ese mismo año, Juan José Castro González asumió San Francisco Javier. También hubo movimientos en Arana, donde Raúl Alonso Argote y Ángel Pérez de Azpillaga fueron nombrados párrocos in solidum de Nuestra Señora de las Nieves y San José de Arana.

La reorganización alcanzó además a la Unidad Pastoral Santa María de Olárizu. Luis Antonio Preciado asumió responsabilidades en Sagrado Corazón, San Cristóbal, San Ignacio de Loyola y San Juan Bautista de Arechavaleta.

En 2023 llegaron nuevos relevos. En San Miguel Arcángel, vinculado al santuario de la Virgen Blanca, Juan Carlos Pinedo fue nombrado párroco tras la jubilación de Juan Carlos Aguillo. También pasó a ser capellán de la Cofradía de la Virgen Blanca. Ese mismo año, José Antonio Casero asumió Zabalgana y Santa Clara, con Gerardo Salazar como colaborador parroquial.

También cambió la situación en Santa María de los Ángeles, tras la marcha de los últimos dominicos por edad y falta de relevo. Entraron entonces los hermanos sacerdotes Santiago María de la Encarnación y Rafael María del Sagrado Corazón. En Ariznabarra, Fructuoso Escudero asumió San Pablo Apóstol y Javier Terrero pasó a colaborar en la parroquia.

La tanda de 2025

La reorganización más visible llegó en septiembre de 2025. San Miguel volvió a cambiar de responsable: José Luis Martínez Sarraoa fue nombrado párroco de la “casa de la Virgen Blanca”, mientras José Ignacio López de Maturana pasó a Desamparados y Juan Carlos Pinedo dejó esa responsabilidad por jubilación.

En el Casco Histórico, San Vicente y Santa María pasaron a estar bajo la responsabilidad de Miguel Ángel Sáenz de Villaverde, sacerdote alavés recién ordenado, y del carmelita Nelson Londoño. La propia Diócesis destacó que era el primer cambio importante allí en más de una década. Ambos quedaron vinculados además a la obra social Berakah como capellanes.

Los movimientos llegaron también a barrios grandes. Quino Guerra asumió San Juan Bautista, en Judimendi. Ariel González pasó a San Vicente Mártir y Todos los Santos, en Lakuarriaga, con apoyo del sacerdote nigeriano Michael Anthony Ukut. Javier La Rosa se incorporó a San Joaquín y Santa Ana, en Salburua, con dedicación al barrio.

En Ibaiondo, Antonio Ruiz de Vergara se jubiló y entró Luis Eduardo “Lutxo” Ruiz, con apoyo de Josué Ahouaga, sacerdote de Togo. En Zaramaga, Jesús Mari Atauri y Carlos Urarte dejaron sus responsabilidades y Filo Ondo asumió Nuestra Señora de Belén y El Buen Pastor, con ayuda de Pedro Arenas.

La zona rural también se vio afectada. Álvaro Gastón pasó de Salvatierra a Artziniega y el Valle de Ayala, mientras Manuel Rubio asumió responsabilidades en la Llanada Alavesa y Agurain.

La Diócesis explicó estos cambios por razones pastorales, jubilaciones y necesidad de redistribuir recursos. Los críticos, en cambio, ven en la acumulación de relevos una forma de reordenar la Iglesia alavesa desde arriba y con criterios poco transparentes.

La lectura crítica: quién decide y con qué modelo

El punto más sensible no es solo el nombre de cada párroco. Es el modo en que se deciden los cambios y el modelo de Iglesia que se consolida con ellos.

Según los sacerdotes críticos, las comunidades parroquiales han perdido capacidad de influencia. Consideran que los nombramientos se adoptan con escasa consulta real y que las decisiones quedan concentradas en torno al obispo y su entorno más próximo.

Esa crítica se refuerza con la percepción de que algunas parroquias están pasando a manos de perfiles vinculados a movimientos muy conservadores o próximos a esa sensibilidad. En ese contexto se menciona el papel de los “kikos” y del Opus Dei. La acusación debe ser atribuida con precisión ya que no hay una relación pública oficial que permita afirmar, como hecho administrativo general, que estos movimientos “controlan” parroquias. Sí existe una denuncia de sectores internos que sostienen que su peso pastoral ha aumentado de forma notable.

“Cosas de otros tiempos”

El malestar también se expresa en el contenido de algunas homilías y discursos parroquiales. Según fuentes críticas, en determinadas iglesias se escuchan ahora mensajes sobre la mujer, la familia o la moral que consideran propios de otra época y que no eran habituales en la tradición reciente de la Iglesia alavesa.

Esa afirmación forma parte de la denuncia interna y refleja una disputa de fondo. Para quienes critican a Elizalde, la diócesis se aleja de una cultura eclesial más abierta a los cambios sociales. Para el Obispado, la orientación actual responde a una apuesta por la evangelización, la identidad católica y la renovación misionera.

Cáritas y el relevo de Ramón Ibeas

El cambio en Cáritas Diocesana de Vitoria también ha sido interpretado en clave de etapa. Ramón Ibeas, figura con largo recorrido en la entidad, dejó la dirección tras años de responsabilidad. Su salida fue leída por algunos sectores como otro movimiento dentro de la remodelación impulsada durante el mandato de Elizalde.

Jaime Tapia fue anunciado en 2025 como nuevo director de Cáritas Vitoria. Magistrado jubilado, con trayectoria en la Audiencia Provincial de Álava, en el ámbito penitenciario y como asesor del Gobierno Vasco, Tapia también había sido voluntario del equipo jurídico de Cáritas.

Con la información pública disponible, no se puede afirmar de forma sólida que Tapia forme parte del “núcleo duro” de Elizalde. Lo verificable es que su nombramiento se produce dentro de un cambio de ciclo diocesano y que Cáritas lo ha presentado en clave de continuidad social. Para los críticos, sin embargo, encaja en una sustitución progresiva de referentes anteriores por perfiles asociados a la nueva etapa.

Un discurso público más combativo

El giro conservador que denuncian los críticos no se limita al interior de la Diócesis. También se apoya en el tono público del obispo en asuntos políticos y morales.

La homilía de San Prudencio de 2026 fue uno de los momentos más visibles. Elizalde criticó al Gobierno central por su intervención en materias como el inicio y el final de la vida, la familia, el matrimonio o la sexualidad. También habló de un “deseo desmedido” de controlar instituciones y sociedad civil.

La intervención generó malestar político. El diputado general de Álava, Ramiro González, expresó su sorpresa por el tono empleado, y desde el PSE se acusó al obispo de hacer política desde el púlpito. Para los críticos, aquella homilía confirmó una línea más cercana a los discursos conservadores de la jerarquía eclesiástica española.

Una Iglesia con una tradición propia

La crisis actual tiene especial intensidad porque la Iglesia alavesa no parte de cero. Durante décadas, una parte relevante del clero y de las comunidades parroquiales mantuvo una presencia social fuerte, con vínculos en barrios, acción comunitaria, memoria, acompañamiento y trabajo con realidades populares.

Esa tradición no fue uniforme, pero sí generó una cultura reconocible en Vitoria-Gasteiz y Álava. La acusación contra Elizalde es que esa cultura está siendo desplazada por otra más jerárquica, más doctrinal y más dependiente de movimientos muy conservadores.

El Obispado rechaza esa lectura y sitúa sus decisiones en otro marco: una diócesis con menos sacerdotes, menos presencia social y necesidad de reorganizarse para seguir funcionando.

El miedo a firmar

Uno de los aspectos más delicados de la carta es la forma en que se ha presentado. Según la versión crítica, el documento cuenta con el apoyo de 52 sacerdotes, aunque solo dos habrían puesto su firma manuscrita. En ese entorno se atribuye esta cautela al miedo a posibles represalias, como cambios de destino o pérdida de responsabilidades.

La Diócesis utiliza ese mismo dato para cuestionar la fuerza formal del escrito. El resultado es una doble lectura: para los críticos, el anonimato parcial revela un clima de temor; para el Obispado, debilita la representatividad de la denuncia.

En cualquier caso, la carta ha roto el silencio. La discusión ya no circula solo en conversaciones internas o ámbitos parroquiales. Se ha convertido en una crisis pública sobre la autoridad del obispo y el rumbo de la Iglesia alavesa.

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