La trama Kitchen llega a juicio por el espionaje a Bárcenas y la caja B del PP

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La Audiencia Nacional ha abierto este lunes uno de los juicios más delicados de los últimos años para el PP y uno de los más relevantes del calendario judicial de 2026. La causa Kitchen llega por fin a vista oral con una pregunta de fondo que sobrevuela desde el inicio de la investigación: quién ordenó poner en marcha una operación policial al margen del control judicial para vigilar a Luis Bárcenas y recuperar o neutralizar material comprometedor cuando el caso Gürtel acorralaba al partido. 

La vista se celebra en la Sección Cuarta de la Sala de lo Penal de la Audiencia Nacional. El tribunal está presidido por la magistrada Teresa Palacios, acompañada por Javier Mariano Ballesteros y Francisca Ramis. El señalamiento prevé casi una treintena de sesiones —otras informaciones elevan el calendario a 35 jornadas entre la sede de García Gutiérrez y la de San Fernando de Henares— y, en principio, el juicio concluirá el 30 de junio. Los acusados declararán previsiblemente en la recta final, una vez hayan pasado por sala testigos, peritos y agentes. 

El juicio arranca, además, por la puerta más técnica y más determinante. La primera semana queda reservada a las cuestiones previas, es decir, a la batalla sobre la validez del procedimiento y de las pruebas. No se discutirá todavía tanto qué ocurrió como con qué pruebas podrá intentar demostrarse. Las defensas han anunciado ya su intención de atacar el núcleo del sumario, en especial los audios grabados durante años por José Manuel Villarejo y parte de la documentación incorporada a la causa. 

Qué se juzga exactamente

La tesis de la Fiscalía Anticorrupción es que entre finales de 2012 y principios de 2013, en pleno desgaste del PP por Gürtel y por la contabilidad opaca atribuida al partido, se puso en marcha una operación ilegal para espiar a Luis Bárcenas, a su esposa Rosalía Iglesias y a su entorno. El objetivo presunto era sustraer documentos, grabaciones o cualquier material que pudiera comprometer al PP y dificultar o condicionar la investigación judicial. Para ello, según el ministerio público y el sumario, se movilizó a la cúpula policial, se hicieron seguimientos, se usaron fondos reservados y se captó a un confidente dentro del entorno familiar. 

El sumario reconstruye esa operación como una estructura piramidal que arrancaría en la cúpula de Interior. El juez instructor Manuel García-Castellón concluyó al cerrar la investigación que el ministerio dirigido por Jorge Fernández Díaz había urdido la trama para intentar hacerse con papeles que Bárcenas pudiera conservar todavía. La Fiscalía comparte ese armazón, aunque durante la instrucción dejó ver sus dudas sobre que todo se gestara únicamente en Interior y defendió sin éxito ampliar el foco hacia la cúpula del PP. 

La operación no respondía, según la acusación, a ninguna investigación judicial ordinaria. Esa es una de las claves del caso. Kitchen no se presenta en el sumario como una actuación policial encubierta bajo mandato judicial, sino como un dispositivo clandestino destinado a proteger intereses partidistas mediante recursos del Estado. Por eso el juicio tiene una dimensión política evidente y vuelve a colocar bajo foco la llamada “policía patriótica” de la etapa de Rajoy. 

Por qué se llamó Kitchen

La denominación de la operación también forma parte del relato del sumario. Según las actuaciones, Villarejo consiguió captar a Sergio Ríos, chófer de la familia Bárcenas, después de que otro mando policial, Enrique García Castaño, no lograra hacerlo. En un audio intervenido, Villarejo explica que decidió bautizarlo como “chef” porque se parecía al cocinero Sergi Arola; de ese apodo se pasó a “Kitchen”, aunque ese nombre no figurara en registros oficiales. 

Quiénes se sientan en el banquillo

El instructor propuso juzgar a once personas, aunque el comisario Enrique García Castaño, alias El Gordo, quedó finalmente fuera por su estado de salud tras sufrir un ictus. En el banquillo se sientan Jorge Fernández Díaz, exministro del Interior; Francisco Martínez, ex secretario de Estado de Seguridad; Eugenio Pino, ex director adjunto operativo de la Policía; los comisarios José Manuel Villarejo, Andrés Gómez Gordo, José Luis Olivera y Marcelino Martín-Blas; los inspectores jefe José Ángel Fuentes Gago y Bonifacio Díez Sevillano; y Sergio Ríos, el antiguo chófer de Bárcenas. 

La responsabilidad penal que cada acusación atribuye a unos y otros no es idéntica. La Fiscalía coloca a Fernández Díaz, Martínez y Pino en la cúspide política y operativa del dispositivo. A Villarejo, Gómez Gordo y otros mandos les atribuye la ejecución y coordinación material de la trama, mientras que a Sergio Ríos le sitúa como el topo infiltrado dentro del entorno de la familia Bárcenas. 

Las penas que pide la Fiscalía

La Fiscalía Anticorrupción solicita 15 años de prisión para Jorge Fernández Díaz, Francisco Martínez, Eugenio Pino y Andrés Gómez Gordo. Para José Manuel Villarejo reclama 19 años, la petición más elevada. Para Sergio Ríos pide casi 12 años y medio de cárcel. En el caso de Marcelino Martín-Blas, la petición fiscal es de dos años y seis meses. La Fiscalía no acusa a José Luis Olivera, José Ángel Fuentes Gago ni Bonifacio Díez Sevillano, aunque sí existen otras acusaciones personadas que mantienen reproches penales más amplios. 

Las diferencias entre acusaciones son, de hecho, otra de las claves del juicio. Además de la Fiscalía y la Abogacía del Estado, están personados el PSOE y Podemos como acusaciones populares, y Luis Bárcenas, Rosalía Iglesias y Guillermo Bárcenas como acusaciones particulares. Las peticiones de pena de estas partes son superiores a las de Anticorrupción: Podemos llega a pedir 41 años para casi todos los implicados y el PSOE eleva su petición hasta 47 años y 10 meses para el exministro Fernández Díaz. La Abogacía del Estado, por su parte, acusa a todos los procesados, aunque con penas menores que las reclamadas por otras partes. 

Los delitos que están en juego

Los delitos principales que sostiene la Fiscalía son malversación de caudales públicos, encubrimiento y descubrimiento y revelación de secretos o delitos contra la intimidad. El razonamiento es que se usó dinero público —fondos reservados— para sufragar seguimientos, vigilancias y pagos a Sergio Ríos, y que todo ello se hizo para obtener información privada sin control judicial y para obstaculizar o neutralizar pruebas potencialmente dañinas para el PP en Gürtel. En el caso de Villarejo, además, se añade cohecho. 

El papel del chófer y los fondos reservados

Uno de los episodios centrales del caso es la captación de Sergio Ríos, chófer de la familia Bárcenas. La acusación sostiene que Interior lo convirtió en confidente y que cobró dinero procedente de fondos reservados a cambio de facilitar información, movimientos, documentación y acceso al entorno familiar. En el sumario figuran recibís firmados por el propio Ríos, y la Audiencia ya ha incorporado documentación sobre esos pagos. El propio material resumido por medios nacionales sitúa ese desembolso en más de 53.000 euros. 

Ese uso de fondos reservados es uno de los pilares de la acusación por malversación. También explica que una de las comparecencias previstas sea la del actual ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska, citado el 11 de mayo a petición de la defensa del chófer para hablar del funcionamiento de esos fondos. 

Las indemnizaciones

La Fiscalía también plantea responsabilidades civiles. Según la información adelantada sobre su escrito, reclama indemnizaciones para Luis Bárcenas y Rosalía Iglesias por intromisión en su intimidad y una compensación al Estado por el dinero desviado de fondos reservados. Otras acusaciones, sobre todo la familia Bárcenas, elevan esa reclamación mucho más arriba y solicitan indemnizaciones de hasta 400.000 euros para cada uno de los tres miembros personados. 

La gran batalla sobre las pruebas

La fase inicial del juicio está dominada por una cuestión muy concreta: qué validez tendrán los audios, anotaciones, mensajes y correos que sostienen la acusación. Las defensas quieren expulsar del procedimiento las grabaciones de Villarejo alegando vulneración de derechos fundamentales, defectos en la cadena de custodia e ilicitud probatoria. En otras palabras, sostienen que parte del material central del sumario no puede utilizarse para condenar. 

La Fiscalía, en cambio, defiende que esos audios fueron intervenidos en una investigación judicial válida —la operación Tándem— y que no están solos, sino corroborados por otros elementos: recibís de pagos, anotaciones manuscritas, informes de vigilancia, mensajes y ahora también nuevos correos electrónicos aportados pocos días antes del arranque del juicio. 

De dónde salen los audios de Villarejo

El origen de las grabaciones está en los registros practicados en noviembre de 2017 en el domicilio de José Manuel Villarejo, en Boadilla del Monte, dentro de la operación Tándem. Asuntos Internos se incautó entonces de varios discos duros y decenas de memorias USB. Uno de esos soportes, el conocido como indicio BE9, contenía archivos de audio que mencionaban explícitamente la operación Kitchen o Cocina. A partir de ahí, esas grabaciones pasaron a formar parte del sumario y se convirtieron en la pieza nuclear del relato acusatorio. 

Los audios que más pesan

Entre las grabaciones más citadas aparecen las relativas a la captación de Sergio Ríos. En ellas, Villarejo describe cómo el chófer pasó de desconfiar a mostrarse receptivo y deja constancia de pagos de 2.000 euros y de la entrega de teléfono y medios. Esa secuencia coincide con anotaciones manuscritas del propio comisario y con el resto del material económico incorporado a la causa. 

Otro de los audios más conocidos es el que recoge una conversación con María Dolores de Cospedal sobre la “libretita” de Bárcenas. Los extractos publicados por El País y RTVE recogen que Cospedal plantea que “sería mejor poderlo parar”, en referencia a la difusión de esos papeles, mientras Villarejo responde que estará pendiente del asunto. Cospedal no está acusada en esta pieza, pero ese material alimentó durante la instrucción la discusión sobre si la trama rebasaba o no el perímetro de Interior. 

También destaca la grabación en la que Villarejo alude a las “maldades” que, según dijo, le habían encargado para “salvarle el culo al Barbas”, el apodo con el que se refería a Mariano Rajoy. Ese audio, adelantado en su día por El País y RTVE, se incorporó al debate público sobre la finalidad política de la operación. Rajoy no está acusado, pero declarará como testigo. 

A ese bloque se suman otras conversaciones con mandos policiales y referencias a seguimientos, coordinación del operativo, posibles accesos a documentación y maniobras sobre el entorno familiar de Bárcenas. Parte del debate del juicio va a consistir precisamente en determinar si esos audios pueden tener eficacia probatoria plena o si quedan total o parcialmente anulados. 

Mensajes y correos

Las grabaciones no son el único sostén del sumario. Durante la instrucción ya se incorporaron mensajes entre Jorge Fernández Díaz y Francisco Martínez aportados por el propio ex secretario de Estado. Según la Fiscalía, esos mensajes apuntan a que el ministro estaba al tanto del operativo. Fernández Díaz ha negado su validez y llegó a sostener que estaban manipulados, lo que desembocó en un careo muy tenso entre ambos durante la investigación. 

A pocos días del juicio, la Fiscalía añadió además nuevos correos electrónicos de Villarejo dirigidos a Francisco Martínez y Eugenio Pino, enviados en 2015 y 2016, con referencias a la operación y con reproches explícitos por haberlo dejado “a su suerte”. Esos correos no cierran por sí solos el debate sobre las órdenes, pero refuerzan el contexto acusatorio de la relación entre Villarejo y la cúpula de Interior y de Policía. 

Seguimientos, vigilancias y el entorno de la familia

El sumario también incorpora, según la cobertura publicada hasta ahora, informes, actas y fotografías de vigilancias sobre Luis Bárcenas, Rosalía Iglesias y otros miembros del entorno familiar. La acusación presenta ese despliegue como una actividad sin cobertura judicial y financiada con dinero público. Entre los episodios más citados figura el interés por el taller de Rosalía Iglesias y por dispositivos electrónicos o documentación que pudieran contener material sensible. 

La familia Bárcenas, además, va a tener un papel visible en la vista. Luis Bárcenas y Rosalía Iglesias están citados para declarar el 20 de abril y Guillermo Bárcenas lo hará el 23. Sus testimonios cobrarán especial relieve no solo por el espionaje, sino por el asalto a la casa familiar en 2013 por un falso cura que aseguraba buscar documentos para derribar al Gobierno. Ese episodio no está plenamente integrado en el núcleo de acusación del juicio, pero ha vuelto a aparecer en la cobertura del arranque y en la estrategia de las acusaciones particulares. 

Rajoy, Cospedal y el resto de testigos políticos

Aunque Mariano Rajoy, María Dolores de Cospedal y Soraya Sáenz de Santamaría no están acusados en esta pieza, su paso por la sala es uno de los grandes focos del calendario. Rajoy y Cospedal están citados para el 23 de abril, junto con Juan Ignacio Zoido e Ignacio Cosidó. Soraya Sáenz de Santamaría y Javier Arenas declararán el 27 de abril. La simple presencia de esos nombres como testigos dificulta que el PP marque distancia política con el juicio. 

Ahí aparece una de las grandes zonas grises del caso. El instructor acotó la responsabilidad penal al Ministerio del Interior y la Audiencia avaló ese perímetro. Pero la Fiscalía intentó durante la instrucción llegar más arriba y llegar más lejos, al entender que el gran beneficiario de la operación era el PP y que quedaban dudas sobre si la trama se había cocinado solo en Interior. Ese desacuerdo no se resolverá ya en esta vista con nuevas imputaciones, pero seguirá planeando sobre todo el juicio. 

La defensa de los acusados

Las defensas mantienen líneas de respuesta distintas. Fernández Díaz y Martínez llevan años tratando de descargar uno sobre otro la responsabilidad política y operativa. Ese choque quedó ya expuesto en el careo de noviembre de 2020, en el que se cruzaron reproches sobre mensajes, conocimiento de la operación y lealtades rotas. Martínez entregó mensajes al juez para implicar al ministro; Fernández Díaz negó conocer la operación y cuestionó la autenticidad o el sentido incriminatorio de esos contactos. 

Villarejo, por su parte, ha mantenido en distintos momentos que fue utilizado por el Estado y después abandonado. Los correos incorporados por la Fiscalía antes del juicio apuntalan precisamente esa línea narrativa del excomisario, que reprocha a Martínez haberlo dejado solo cuando comenzaron a aflorar las cloacas policiales. 

Por qué este juicio importa tanto

Kitchen no es un juicio más dentro del largo universo Villarejo. Es la pieza que examina de forma más directa si se usaron resortes del Estado para fines de autoprotección partidista. Esa es la razón por la que su impacto supera el ámbito estrictamente penal. Si el tribunal da por acreditado que Interior movilizó policías, fondos reservados y confidentes para intentar sustraer documentación a Bárcenas, la sentencia retratará judicialmente una de las etapas más sombrías del aparato del Estado en la última década. 

El momento elegido por el calendario judicial también multiplica su dimensión pública. El arranque del juicio coincide con otros procesos de alto voltaje político, como el caso mascarillas que afecta a José Luis Ábalos en el Supremo, lo que devuelve a la primera línea la confrontación por la corrupción, las cloacas y el uso partidista de las instituciones. 

Lo que empieza hoy

Lo que ha arrancado este 6 de abril no es solo un juicio sobre hechos ocurridos entre 2013 y 2015. Es también una revisión pública de una época en la que Interior, la Policía, el PP, Bárcenas y Villarejo quedaron enlazados en una trama de grabaciones, seguimientos, fondos reservados y operaciones opacas. Durante las próximas semanas, la Audiencia tendrá que decidir primero qué pruebas sobreviven y después si esas pruebas permiten afirmar que la operación Kitchen fue una misión clandestina organizada para proteger al PP de los papeles de su extesorero. 

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