El vitoriano que movió el cielo de KaldeArte: “Tenía ocho vidas en mis manos”

Más de 10.000 personas miraron al cielo de la Virgen Blanca durante Aria, el espectáculo más visto de la historia de KaldeArte. Casi nadie reparó en el hombre que lo hacía posible desde una cabina: Íñigo Naya, gruista de Grúas Ibisate, que elevó a ocho bailarinas sin un solo automatismo, con post-it pegados delante y los nervios “a flor de piel”.

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Íñigo Naya todavía estaba asimilando lo ocurrido cuando atendió a GasteizBerri. No empezó con una frase épica ni con una gran reflexión. Empezó como empiezan muchas conversaciones de verdad: «Pues muy bien, un poco acalorado».

Después apareció todo lo demás. El alivio, los nervios, la responsabilidad y la sensación de haber formado parte de una de esas noches que la ciudad guarda en la memoria.

«Estoy muy contento y, en parte, bastante liberado», reconoce. «Ha sido un poco estresante tener a ocho chicas ahí arriba e intentar hacerlo bien».

Las ocho chicas eran las bailarinas de Zenit Aerial Ballet. La plaza era la Virgen Blanca. El espectáculo era Aria, la gran cita aérea de KaldeArte 2026. Y la grúa, una máquina de Grúas Ibisate manejada desde una cabina por un vitoriano al que casi nadie vio.

Porque aquella noche todo el mundo miraba al cielo. Casi nadie miraba la grúa. Y dentro de la grúa había un hombre con dos joysticks, varios pedales, una pantalla de referencia, una regidora dándole indicaciones y unos post-it pegados en la cabina.

«Tenía ocho vidas en mis manos».

Y enseguida completa la frase:

«…y toda la gente que había abajo»

Imagen del espectáculo Aria de Zenit Aerial Ballet
Imagen del espectáculo Aria de Zenit Aerial Ballet

Un gruista de Vitoria

Antes de entrar en el espectáculo, Íñigo aclara cómo hay que llamarle. No maquinista, no operador, no técnico.

«Gruista. Somos gruistas».

Trabaja en Grúas Ibisate, empresa vitoriana, y conduce grúas autopropulsadas. Su rango de trabajo va desde las 60 toneladas hasta máquinas de 700 toneladas en operaciones puntuales. La que el público vio instalada en la Virgen Blanca era su máquina habitual: una grúa de 150 toneladas.

«Tiene una pluma de 66 metros de altura», explica.

Y un contrapeso total de 45 toneladas. Es decir, 45.000 kilos.

Su día a día ya tiene poco de pequeño. Íñigo está acostumbrado a parques eólicos, obra civil, montajes de vigas, puentes y maniobras de gran complejidad técnica. Incluso centrales nucleares. Lo cuenta casi como quien enumera una obra más: «La grúa ha estado en una central nuclear ayer mismo».

Es decir: Íñigo está acostumbrado a lo grande. A lo pesado. A lo que desde fuera ya parece espectacular.

Pero lo que venía en KaldeArte no iba exactamente por ahí.

No era levantar más toneladas. Era mover muy poco peso con muchísimo cuidado. No era colocar una viga ni una pieza industrial. Era acompañar una coreografía aérea con ocho personas suspendidas. No era solo precisión técnica. Era precisión técnica con música, público, nervios y una plaza entera debajo.

«¿Dónde me he metido yo?»

A Íñigo le avisaron a comienzos de junio, apenas unos días antes de que la grúa entrara en la Virgen Blanca. La información, al principio, le llegó bastante incompleta. Algo de KaldeArte. Algo de una actuación. Algo de subir y bajar personas.

«Me dijeron básicamente que tenía que subir y bajar a unos malabaristas, unos bailarines», recuerda.

Con esa explicación, el trabajo parecía casi rutinario para alguien que maneja máquinas de 150 toneladas.

«Yo pensé: bueno, pues si es subir y bajar cable, esto está chupado».

Pero no estaba chupado.

Cuando la compañía le explicó de verdad en qué consistía Aria, la historia cambió. Ya no se trataba de subir y bajar un cable. Había desplazamientos, radios, ángulos, tempos, música, cambios de posición y cuerpos suspendidos en el aire. La grúa no iba a estar al margen del espectáculo. Iba a formar parte de él.

La reacción de Íñigo fue inmediata.

«Primero, ésta gente no le tiene miedo a nada. Y segundo, ¿dónde me he metido yo?».

La frase tiene gracia porque la dice él así, directa, sin adornos. Pero detrás había una responsabilidad enorme. Íñigo venía de mover cargas difíciles, sí. Pero aquí la carga no era una estructura. Eran ocho bailarinas suspendidas sobre la plaza.

«Hay que tener una templanza, aparcar los nervios e intentar hacerlo bien», explica. «Y sobre todo hay que pensar que hay ocho vidas en tus manos. Eso sobre todo».

Una máquina enorme para un movimiento delicado

La grúa impresionaba: 150 toneladas de máquina, 66 metros de pluma y 45 toneladas de contrapeso. Pero aquella noche el reto no era la fuerza. Era la delicadeza.

Ilustración técnica de la grúa manejada por Íñigo Naya, con 66 metros de pluma, 45 toneladas de contrapeso y ocho bailarinas suspendidas.
La grúa empleada en Aria pertenecía a la categoría de 150 toneladas, tenía 66 metros de pluma y utilizaba 45 toneladas de contrapeso. Infografía: GasteizBerri.

«Cuanto más peso, más fácil es», dice Íñigo.

Puede sonar extraño, pero en su oficio tiene todo el sentido. Una carga pesada cae más a plomo. Tiene otra inercia. Se comporta de otra manera. Con ocho bailarinas suspendidas, el problema era precisamente el contrario: pesaban poco y cualquier movimiento podía generar un vaivén.

Íñigo tenía que mirar los datos de la grúa, sí. Pero también tenía que mirar a las bailarinas.

«Tengo que intentar quitar los balanceos que ellas mismas me estaban generando y los que podía generar yo», cuenta.

Y no podía corregir de cualquier manera.

«Como es muy poquito peso lo que ellas tienen, no puedo andar contrarrestando mucho».

Ese era el trabajo real: no pasarse. No corregir de más. No hacerse el valiente. Mover una máquina enorme con una suavidad casi absurda. Que la grúa respirara con la música sin que el público notara la tensión de la cabina.

La grúa no era un soporte. Era parte del espectáculo.

El jueves, los cinco puntos y la noche de pruebas

El trabajo empezó antes del aplauso. El jueves llevaron la grúa a la Virgen Blanca a las once de la mañana. Primero la colocaron en la plaza, tal y como después la vio el público. Por la tarde llegaron las primeras prácticas.

Había que situar los cinco puntos principales donde se iban a hacer las maniobras más vistosas. No eran movimientos al azar. Cada posición tenía sus referencias. Cada desplazamiento debía entrar en su momento. Cada giro tenía que encajar con la música y con el dibujo de las bailarinas en el aire.

Después llegó el ensayo general con las bailarinas y con música. Y por la noche, la prueba para enfocar las luces donde tenían que ir.

Todo terminó cerca de las doce de la noche.

Para entonces, Íñigo ya sabía que aquello no era simplemente «subir y bajar cable».

La precisión quedó escrita en post-it

La imagen más sencilla para entender lo que hizo está en la cabina: una grúa de 150 toneladas, una plaza histórica llena de gente y, dentro, unos post-it con las referencias clave.

«Me puse unos post-it en la cabina con todo lo que me habían marcado», cuenta.

La regidora le decía a qué punto tenía que ir. Y cada punto tenía sus datos.

«Me decía: ‘Vete al punto 3’. Entonces el punto 3 era, por ejemplo, 31,6 metros de radio y 56,8 grados de ángulo de giro. Yo tenía que procurar clavar esos datos».

Plano aéreo de la Virgen Blanca con la posición de la grúa, las zonas de trabajo y los cinco puntos de maniobra de Aria.
Plan de la maniobra realizada en la plaza de la Virgen Blanca, reelaborado a partir del croquis de trabajo facilitado por Íñigo Naya. Infografía: GasteizBerri.

Ese era el sistema: radio, ángulo, posición, música y ojo. Mucho ojo.

Porque no había automatismos.

«Aquí no hay automatismos», insiste.

Quien imaginara una coreografía grabada en un ordenador, con la grúa ejecutando sola los movimientos, se equivoca. Todo se hacía manualmente desde la cabina: dos joysticks, pedales, referencias, oído musical y concentración.

La escena desde fuera parecía casi mágica. Ocho bailarinas en el aire, una luna elevada sobre la plaza, la música de Vivaldi, la grúa moviéndose con suavidad. Desde dentro era otra cosa: una voz, una pantalla, unos números, las manos en los mandos y una tensión constante.

La regidora que sostenía el ritmo

Íñigo no estaba solo. La otra figura invisible de la noche fue la regidora, Melodía García. Él la menciona enseguida y con una claridad total.

«Sin ella yo no hubiese sido capaz de hacer nada».

Iñigo Naya, gruísta, sobre el papel de la regidora que estuvo a su lado durante las dos actuaciones

Ella marcaba los tempos. Las posiciones. Los cambios. El momento en el que había que ir a un punto o salir de otro. Él ejecutaba la maniobra con las referencias que tenía delante.

«Ella me marcaba los tempos, marcaba las posiciones donde tenía que ir y luego yo ejecutaba la acción con la referencia».

La música marcaba el compás; Melodía García traducía la coreografía en indicaciones; Íñigo Naya ejecutaba la maniobra y la grúa trasladaba el movimiento a las bailarinas. Infografía elaborada a partir de fotografías cedidas por Íñigo Naya y Zenit Aerial Ballet.

La cadena era invisible, pero exacta: música, regidora, gruista, grúa y bailarinas.

Íñigo no se define como intérprete, pero aquella noche tuvo que moverse casi como uno. La música no era un fondo. Era otra referencia de trabajo.

«Yo intentaba ir al compás de la música, porque además me gusta la música y los ritmos los suelo llevar bien», explica.

Pero no bastaba con llevar el ritmo. Había que llegar a tiempo.

«Ella también me decía: ‘Del punto 4 al punto 3 vamos demasiado despacio, hay que correr un poquitín más'».

Si la música avanzaba, la maniobra tenía que avanzar. Si las bailarinas entraban en una figura, la grúa tenía que estar donde tocaba.

«Vamos, que nos pilla el siguiente compás», resume.

Y ahí estaba él: ajustando radio, ángulo, velocidad y balanceo mientras sonaba Vivaldi y miles de personas miraban hacia arriba.

Hubo un momento que todavía le queda clavado, aunque lo cuenta como quien se exige más de lo que nadie le pidió. Fue el sábado, con la luna.

«Ahí sí que quizás fue lo que menos me gustó», admite. «Hubo un pequeño balanceo, no en las chicas, sino en la luna, que me hubiese gustado que hubiese ido perfectamente a plomo».

El público vio belleza. Él vio un balanceo.

Eso también explica el oficio.

El sábado la plaza se convirtió en otra cosa

El viernes ya hubo mucha gente. Pero el sábado fue otra cosa.

«Al día siguiente las redes sociales fueron un boom», recuerda. «Y yo cuando llegué allá, madre mía, ahora sí que sí».

La Virgen Blanca estaba como en las grandes ocasiones. La conversación deriva enseguida hacia las comparaciones que cualquier vitoriano entiende.

«Celedón y yo», bromea.

Y remata:

«Celedón y yo, y el Baskonia y el Alavés».

Iñigo Naya, gruísta, bromea durante la entrevista de GasteizBerri

Más de 10.000 personas en la plaza. Todas mirando al cielo. Todas pendientes de cada giro, de cada subida, de cada figura suspendida sobre la Virgen Blanca.

Pero Íñigo no las veía.

«Me centré tanto, tanto, que de hecho yo no veía a la gente. Solamente las veía a ellas, la pantalla y a la regidora. A mí la gente no… No existía gente. No existía gente».

La frase resume la noche mejor que cualquier dato. En mitad del espectáculo más multitudinario de la historia de KaldeArte, su mundo se redujo a ocho cuerpos suspendidos, una pantalla de referencia y una voz que le decía qué hacer.

Cuando terminó, llegó el alivio. También una sensación extraña: pena porque se acababa y descanso porque todo había salido bien.

«Mentalmente tuve un alivio cuando acabé el sábado», recuerda. «Te voy a decir que hasta tuve pena porque se acabó, pero también un alivio muy grande».

Y luego estaban los nervios. Íñigo no intenta hacerse el duro.

«Físicamente, los nervios estaban a flor de piel. Hay personas que igual se hacen los machitos y dicen que no pasan nervios. Eso es mentira. El ser humano es ser humano y el nervio está ahí».

La compañía ha quedado satisfecha. Las bailarinas le han transmitido que estuvieron a gusto. También ha recibido felicitaciones de la organización.

«Ha sido todo un éxito para mí», dice. «Agradecido total de todas las muestras de cariño, de empatía que ha habido».

No era finlandés

Después del espectáculo, mucha gente seguía sin saber quién había manejado aquella grúa. Algunos pensaban que el gruista venía con la compañía, quizá de fuera, quizá de muy lejos.

«Mucha gente me decía si era de fuera, si era finlandés», cuenta. «Y dije: pues no, no soy finlandés, soy vitoriano».

Ahí aparece otro orgullo. No un orgullo de medalla, sino de oficio y de ciudad.

«He nacido aquí, con mucho orgullo de haber nacido [AQUÍ]».

Iñigo Naya, gruísta

Y enseguida vuelve a las grúas, que es donde quiere estar.

«Me gustan mucho las grúas, desde pequeño. Me encantan. Esto no es una profesión, sino una afición convertida en profesión. Me dedico a esto porque me encanta».

Íñigo no había visto antes el espectáculo. Intentó buscar algo, pero no encontró demasiado o no lo buscó bien. Al final lo vio desde el sitio más extraño posible: sentado en la grúa, concentrado en que todo saliera bien.

Después lo ha visto más en vídeos. Y tiene una parte favorita.

«Lo que más me gustaba era el gusano que hacía así, serpentina», cuenta. «Me encantaba mucho».

El gruista que movía el cielo también tenía su momento favorito como espectador.

La profesión que casi nadie ve

Íñigo Naya trabajó sin una secuencia programada: dos joysticks, pedales, una pantalla y las referencias anotadas en post-it. Infografía elaborada a partir de fotografías cedidas por Íñigo Naya.

Íñigo no quiere que esta historia se quede solo en él. Lo dice al final de la conversación. Para él, la entrevista tiene sentido si sirve para enseñar lo que hay detrás de una profesión que casi siempre se mira desde fuera.

«El placer ha sido mío», dice, «sobre todo por dar un poquito a la luz lo que es la profesión de ser gruista».

Y ahí se pone serio.

«Es algo que la gente no conoce. Una grúa es llamativa, pero también que se vea la complejidad que tiene ser gruista».

Lo compara con trabajos que exigen máxima atención y precisión. Habla incluso de un cirujano. De andar «con mucho tiento». De no fiarse. De no pensar que la máquina lo hace todo.

«A mí me han dicho: ‘Pero tú tenías grabado en el ordenador y luego le dabas…'».

No.

«Aquí no hay automatismos».

Había dos joysticks, pedal de freno, pedal de acelerador y muchas horas de oficio. Y eso que, según explica, hay grúas aún más complejas, con más mandos y elementos: plumín abatible, maxer y otros sistemas que aquella grúa no llevaba.

Pero esa noche tampoco había sitio para mucho más.

Ahí está también el límite físico de la Virgen Blanca: una plaza histórica, miles de personas, una grúa enorme y una coreografía aérea metida con precisión en el corazón de Vitoria.

Íñigo insiste en que el mérito es compartido. Habla de sus compañeros, de aprender cada día, de ayudarse y de no creerse nunca que uno ya lo sabe todo.

«Mis compañeros y yo somos unos artistas», afirma. «Hay profesionales que son unos hachas. Todo el día estamos aprendiendo, porque hay inmensas dificultades en las obras. Cada día es una experiencia nueva».

Y deja una idea que vale casi tanto como la imagen de la grúa: en este oficio, cada persona que llega enseña algo.

«Si es alguien nuevo, te enseña novedades. Y si es alguien veterano, te está dando todo lo que mejor sabe, que es la experiencia».

Aquella noche no había un botón mágico. No había una coreografía grabada en un ordenador. Había dos manos sobre los mandos, una regidora marcando tiempos, ocho bailarinas suspendidas, miles de personas debajo y un vitoriano intentando clavar cada movimiento con unos post-it pegados en la cabina.

Vitoria miró al cielo. Y durante unos minutos, ese cielo se movió desde una cabina.

La próxima vez que una grúa haga algo extraordinario sobre la ciudad, quizá alguien mire también hacia dentro. Porque dentro hay una persona. Con oficio. Con nervios. Con responsabilidad. Con mucho tiento.

Y, muy probablemente, no es finlandesa.

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