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Fiestas ilegales, jóvenes de botellón, viva la despreocupación

Si yo suelo caminar, sobre brasa encendía, si a mí también me gusta disfrutar, por la noche por el día, y es que me gusta la vida, y es el ambiente de un bar y las copas con mis amigos y amigas, de modo que vámonos para allá a disfrutar todo lo que esta maldita pandemia nos deje.

Y en el aire que respiro, los paisajes que yo veo, son las cositas pequeñas, con las que mejor me siento, de modo que no estropees mi entorno y mi vida con tus excesos, que al fin y al cabo pagamos todos y todas.

Entiendo que las necesidades sociales a los veinte años no son las mismas que a los cuarenta, pero hay gente con poca memoria y yo tengo mucha. Y no me puedo olvidar de todas aquellas personas que pasaron el confinamiento solas y con ataques de ansiedad. Me interesa mucho que no se nos vuelva a ir de las manos y nos vuelvan a encerrar.

Claro que si joven, que aunque te doblemos en edad también a nosotros nos gusta la fiesta, pero nos aguantamos y no la montamos (naturalmente no todos, ni todas) un fin de semana si y el siguiente también, porque cada día retumba en mi cabeza las palabras «de esta vamos a salir mejores».

Lo único que queda es que la expresión «Vamos a salir mejores de todo esto» se ha convertido en una de las frases más repetidas desde el principio de la pandemia, especialmente después de los primeros gestos de solidaridad en el mes de marzo. A medida que ha pasado el tiempo, no obstante, la afirmación ha perdido cada vez más fuerza, a base de disputas políticas, manifestaciones extemporáneas y actos de egoísmo que sugerían que tal vez el autor de ‘Las partículas elementales’ tuviese razón y la presente situación no fuese más que un paréntesis. Un espejismo antes de retomar nuestro egoísta día a día.

Pensábamos que habíamos aprendido muchas cosas. Habíamos pasado por experiencias intensas negativas (estar en casa recluidos, no poder hacer muchas cosas que nos gustan, etc.), pero también positivas. Y ambas, según los antropólogos y los psicólogos sociales, influyen en la relación que tenemos con aquellos con quienes hemos compartido dichas experiencias, uniéndonos más, eso si no en todos los casos. La gran pregunta no es, por lo tanto, si hemos sido mejores, sino hasta cuánto duraría esa unión y solidaridad, a medida que los aplausos se extingan y den paso de la libertad al libertinaje.

La conclusión a la que llego es que lo más importante a la hora de mantener la solidaridad a lo largo del tiempo no son los eventos relacionados con la tragedia en sí, sino las relaciones más mundanas, como comer en restaurantes locales, salir de «poteo», mantener conversaciones casuales, acudir a reuniones e incluso escaparnos de vacaciones. Hasta se atrevían a dar plazos: las actividades parroquiales generales, es decir, los actos comunitarios que no tenían relación con la tragedia era el único acto que sostenía la solidaridad tantos meses después de esta maldita pandemia.

Uno de ellos es la percepción de control que tiene un individuo sobre los factores que han provocado esa situación. Es decir, cuanto menos control percibamos, más dispuestos estaremos a ayudar. A diferencia de la crisis de 2008, donde uno de los relatos que se terminaron imponiendo fue el de que algunos países o personas habían vivido por encima de sus posibilidades, hoy nadie puede pensar seriamente que algunas personas se han contagiado por encima de sus posibilidades. El factor que nos coloca en situación de requerir ayuda es un virus, y todos estamos aproximadamente igual de expuestos a contagiarnos en algún momento, por lo que es razonable pensar que esto puede aumentar nuestra propensión a cooperar y ayudar.

De lo que no cabe duda es de que las medidas de confinamiento están dando lugar a un mundo mucho más desigual, miles y miles de trabajadores y trabajadoras en ERTE, si no es que se han ido directos a engrosar las listas del paro, esto lo que consiguees crear una situación en la que el número de personas que recurren a los servicios o comedores sociales e incluso a tener que pernotar en la calle. Y que ya veremos el tema de la educación como influye de forma distinta en unos niños u otros.

Esto seguro que servirá para el que era consciente de la necesidad de ahorrar, protegerse, etc., hará que ahora sea mucho más cuidadoso, Y sin embargo el que prefería ser más arriesgado y vivir el día a día, lo hará todavía más para aprovechar el momento, no vaya a ser que la vida se acabe.

Solo hay que ver los últimos acontecimientos:

  • La Policía Local de Getxo ha decomisado más de 500 litros de alcohol tras detectar una «quedada» de alrededor de un millar de jóvenes de varias localidades que se habían citado el sábado en el barrio de Las Arenas a través de una conocida red social.
  • El inicio del curso universitario es una de las épocas, al igual que el final de los exámenes, con mayor número de fiestas y botellones. No resultaría nada especial si no fuera porque el consumo de alcohol en la calle está prohibido desde hace 19 años en la región y porque nos encontramos en una pandemia. De ahí, el escándalo montado en torno el festín del pasado viernes por la noche en terrenos de la Ciudad Universitaria, donde se congregaron 25.000 jóvenes y que dejó 62 metros cúbicos de desperdicios.
  • En el caso de Barcelona, el macrobotellón, según han informado fuentes de los Mossos, comenzó a ocasionar problemas en las carreteras sobre las 23.30 horas, se calcula la presencia de 8.000 personas.

Con responsabilidad y respeto lo conseguiremos, pero tenemos que tener en cuenta que hace falta el apoyo de todos y todas, no sobra nadie.

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1 Comentario

  1. Este artículo rezuma a típica criminalización hipócrita sobre la juventud a la que ya nos hemos sobre acostumbrado. En un mismo texto el autor es capaz de defender que es necesario salir de restaurantes, ir de poteo, ir a reuniones sociales, acudir a la iglesia, y a la vez criticar que los jóvenes se reúnan en un botellón. Como si hubiese mucha diferencia
    entre un poteo y un en botellón, entre 100 personas en una iglesia cerrada o en un parque abierto. Pues no, la única diferencia es la generación, y la gran brecha entre la capacidad económica entre unos y otros. Pero sí, sigan dando publicidad a estos discursos tartufos, que así la próxima vez que se hable de los jóvenes seguirá siendo para culpabilizarles, y no para hablar de la situación de abandono y precariedad en que le has dejado la sociedad.

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