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OPINIÓN | La atención sanitaria de urgencias, un frágil equilibrio entre la necesidad y la conciencia.

No puede el médico curar bien sin tener presente al enfermo

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Si la gente tiene fiebre o se encuentra mal y no sabe qué hacer y en los centros de salud no les cogen los teléfonos, no les dan cita porque la Atención Primaria está saturada e, incluso, a veces ya en la puerta de los propios centros se le está diciendo a la gente que no se les va a poder atender y que se vayan a los hospitales, entonces se desconciertan y se van a Urgencias a por una PCR, un test de antígenos o cualquier patología que puede ser considerada leve, pero naturalmente por un profesional, que muchas veces atienden mil cosas más graves, que es para lo que están, no para hacer cribados ni asistir patologías intranscendentes que no requieren asistencia urgente y al final acaban saturados.

Cuando un paciente llega al servicio de urgencias de un hospital, el primer paso a seguir es el triaje, es decir, el proceso mediante el cual un paciente es valorado a su llegada al centro hospitalario para determinar la urgencia del problema y asignar el recurso apropiado para el cuidado del problema identificado.

Valoración: el sanitario/a entrevista al paciente para efectuar una breve historia (motivo de consulta, antecedentes personales, alergias). Así mismo, le toma los signos vitales en los casos en que sea necesario (tensión arterial, frecuencia cardiaca, frecuencia respiratoria, temperatura, saturación de O2 y glucemia).

Creo, sin temor a equivocarme, que los servicios de urgencias están sometidos a la presión, en el sentido más amplio de la palabra “presión”, social, asistencial, mediática, estréss, etc., y ello provoca que el usuario adopte una posición reivindicativa y de máxima exigencia de cara al profesional, el cual realiza su trabajo de la manera más digna posible y con unos medios técnicos y humanos, muchas veces muy limitados. Quizás las reivindicaciones de los pacientes, justos en ocasiones, deberían dirigirse hacia los máximos responsables de gestión y exigir la calidad que sin duda merecen.

Hay usuarios/as que califican como “castigo” y “penalización” a la “angustia” y el “miedo” que pueden llegar a sufrir los pacientes, pese a que “pueda haber excepciones” que no acudan en una situación tan delicada, no se trata de penalizar a las personas que acuden a un servicio de urgencias, sino a quienes “conscientemente”, “voluntariamente” y “reiteradamente” incurren en prácticas que perjudican al sistema sanitario.

Cada vez que una persona llega a urgencias se pone en marcha toda una cadena de recursos para encontrar y tratar las causas de su mal. Por eso, el primer problema es definir “qué es un buen uso y un mal uso” en un servicio de por sí complejo, por la “objetividad de la urgencia” de cada persona “no es fácil decir cuál es el mal o buen uso”

Una mala planificación en el sistema y a los recortes en sanidad aplicados en nuestro caso por el Gobierno Vasco como principal causa de los problemas en la gestión de los recursos. No hay infraestructura en atención primaria para dejar de ir a urgencias, porque si te mandan por ejemplo una radiografía, pueden tardar un mes en dar cita, me ha sucedido a mí últimamente.

Si se tiene en cuenta el horario nocturno y los días festivos, dos terceras partes de todo el tiempo potencial de atención sanitaria quedan fuera del horario habitual de los centros de atención primaria y dependen por tanto de los servicios de urgencias, aquí desde hace 3 años que se cerró el Pac de San Martin, solo queda el de Olaguibel y encima para colmo el pasado 2 de febrero se “trinco” las urgencias del Hospital de Santiago, siempre conocido como “El Cuarto de Socorro”.

Usuarios y profesionales de la Sanidad deberían de denunciar la sobrecarga que tanto unos como otros están sufriendo las urgencias. Una situación que conlleva muchas veces discusiones e incidentes entre el personal sanitario y los pacientes. No puedes tener a una persona 6 u 8 horas en urgencias, a veces sin ser atendida, y eso que muchos deciden marcharse sin haber sido atendidos, incluso con la vía puesta. No puedo decir lo que hacen bien y lo que hacen mal, pero desde luego tanto tiempo de espera me parece una auténtica barbaridad y un despropósito, se de pacientes de 90 años con bastantes patologías que han llegado a urgencias, por cierto con esa edad y si vas en ambulancia entonces si te llevan a Santiago, tenerle en una silla de ruedas unas 4 horas y ante las quejas de una familiar llevarlo a un box, después de tratarlo decidir su ingreso y tener que esperar hasta altas horas de la madrugada para que lo suban a planta.

El mejor comportamiento de la nueva sala de Urgencias, emplazada en el edificio denominado Nuevo Bloque Quirúrgico Txagorritxu, se aprecia en la atención de casos “muy graves”. Un paciente de estas características espera entre el triaje y la atención del médico una media de 6 minutos. En mi humilde opinión no sé quién sería el “artista” que diseño ese edificio por la cantidad de problemas desde el primer día, sirva como ejemplo lo que me indicaba un profesional sanitario, “donde se ha visto poner en una planta y no en el sótano la maquinaria medica pesada”.

En una rueda de prensa ofrecida en febrero, tras producirse el cierre de las Urgencias de Santiago, la consejera Gotzone Sagardui defendió con firmeza el cambio. Destacó que el “edificio nuevo” puesto en marcha en Txagorritxu es “moderno, con tecnología puntera y con sistemas de monitorización avanzados”. Llegó a decir que la de Vitoria se había convertido en las mejores Urgencias de España. “La valoración de estas semanas es absolutamente positiva por parte de los usuarios”, sostuvo entonces, si eso entonces, porque lo que es ahora, los usuarios y usuarias creo que han cambiado de opinión, no estaría mal que algún medio de comunicación no partidista y adulador se diera una vuelta y pasara unas cuantas horas a la puerta del centro e hiciera una encuesta.

El Covid ha evidenciado la precariedad que hay en sanidad y la falta de recursos que tenemos, entre otras cosas porque las soluciones que se toman son siempre parcheando, no se ve nada claro, y esto parece no tener fin. No se hace un gran refuerzo de personal estable, que es lo que realmente se necesita, si no que se actúa con contratos temporales, al no ser claro está que se acerquen las elecciones.

La Consejera ha anunciado que el proyecto de Ley de Presupuestos de 2023, contempla aumentar con otras 919 plazas estructurales la plantilla de Osakidetza, lo que permitiría alcanzar los 30 992 profesionales. Ya anteriormente había aprobado un incremento de

2.467 plazas en la plantilla estructural de Osakidetza, de las que 2.019 son puestos temporales que pasan a ser fijos (esto no es un incremento es personal que ya trabajaba y que para corregir el abuso de temporalidad les tienen que hacer fijos) y 358 son nuevas plazas para reforzar la Atención Primaria. Eso significa que con todos estos aumentos de plantilla tocamos a la ridícula cifra de un 0,1 sanitario/a por habitante.

Esos recortes se han evidenciado desde hace tiempo con el problema de las ambulancias, Álava sólo contamos con dos ambulancias medicalizadas, una da servicio en el municipio alavés de Llodio pero presta servicio prácticamente en Vizcaya, la otra UVI móvil da servicio a todo el territorio alavés, esto ha traído como consecuencia que ya haya fallecido alguna persona, menuda vergüenza que se llegue a esto. La coordinación de emergencias es un desastre y solo hay responsables a la hora de recibir “medallitas”, estos días si que están diciendo que pondrán otra UVI, pero como Santo Tomas, “si no lo veo no lo creo”.

Solo hay que fijarse que en el Parlamento el PNV voto en contra y que fue hace un par de días cuando la Sra. Gotzone Sagardui comunicaba al Parlamento y por videoconferencia desde Boston, (madre mía no había un sitio más lejano), la ampliación de esa Uvi móvil.

Ahora anuncian a bombo y platillo la llegada de tres nuevos quirófanos híbridos de última generación y que son los mejores del “mundo, mundial” al nuevo edificio de servicios generales de Txagorritxu, ahora solo falta que “resista” el suelo y no se hunda.

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