Un muro al borde del colapso obliga a blindar una calle de Vitoria durante diez horas: “Estaba relleno de escombros”

GasteizBerri ha hablado con el arquitecto Iker Gómez Iborra, de OSEN Arquitectura, para analizar qué ocurrió y qué revela este caso sobre el estado de muchos edificios envejecidos.

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Un paño de ladrillo de 1,5 metros de altura, situado entre la cubierta y el séptimo piso de un edificio de la calle Paraguay, en Vitoria-Gasteiz, obligó el pasado viernes, 10 de abril, a desplegar un amplio operativo de seguridad después de separarse unos 20 centímetros de la fachada y quedar con riesgo de caída inminente.

La zona afectada, de unos seis metros de anchura, llevó a acordonar el entorno, retirar coches y contenedores y ampliar el perímetro de seguridad hasta 50 metros para evitar daños si el desprendimiento arrastraba más parte del inmueble.

GasteizBerri ha hablado con Iker Gómez Iborra, arquitecto en OSEN Arquitectura, que explica que el problema no apareció de un día para otro. Según relata, la anomalía en ese punto de la fachada se había detectado ya hacía medio año, cuando el muro empezó a desplazarse ligeramente.

En ese momento se instaló una plataforma provisional para proteger el paso peatonal situado debajo, de unos 10 metros de longitud, mientras la comunidad de propietarios valoraba qué actuación debía llevarse a cabo y quién debía ejecutarla.

La situación cambió de forma brusca el pasado viernes. Gómez Iborra sostiene que el aumento de las temperaturas de los últimos días aceleró la dilatación del ladrillo y agravó una patología que ya existía. El origen, según detalla, estaba en una junta de dilatación que no estaba funcionando como debía.

“Estaba rellena, estaba con morteros, con restos de masas, no estaba bien ejecutada”, explica. Al no poder absorber el movimiento natural del material, el paño de ladrillo buscó salida hacia el exterior hasta quedar muy desplazado.

Un albañil interviene en la parte alta del edificio de la calle Paraguay donde se produjo el desprendimiento del muro.

El arquitecto señala que, tal y como había evolucionado el muro en la última semana, el riesgo de caída era ya previsible. Aun así, subraya que lo que más sorprendió fue que la actuación se hubiera ido posponiendo tanto tiempo en el ámbito de la comunidad.

“Lo que no nos esperábamos era que se hubiese postergado tanto la decisión”, apunta. Cuando el elemento empezó a abrirse de forma más evidente, la situación obligó a actuar de urgencia.

En la valoración realizada sobre el terreno se comprobó además que el problema podía ser mayor que el desprendimiento visible. Según explica Gómez Iborra, la parte hueca de la fachada podía llevarse consigo más superficie del muro si se actuaba de forma precipitada.

Por eso, la prioridad fue primero asegurar la zona y estudiar hasta dónde podía romper el paño sin comprometer la parte que todavía permanecía estable.

Durante esa primera fase se revisó el estado del muro desde altura con medios de acceso específicos y se optó por no intervenir de inmediato sobre la zona desplazada. El objetivo era evitar que una maniobra directa provocara una caída más amplia.

Mientras se tomaban decisiones, el entorno quedó blindado con un amplio dispositivo de seguridad. La calle se acotó, se retiraron vehículos y contenedores y se mantuvo un perímetro de unos 50 metros para impedir el paso por la zona de riesgo.

La acera, acordonada y cubierta de cascotes tras el desprendimiento registrado en un edificio de la calle Paraguay.

A partir de ahí, la intervención pasó a centrarse en preparar un derribo controlado. Gómez Iborra explica que una de las claves era intentar que el muro no rompiera de forma desordenada ni arrastrara la parte sana de la fachada.

Para ello, se fueron marcando zonas de rotura y retirando ladrillos en puntos concretos, con el fin de guiar el colapso del paño y contenerlo dentro de unos límites asumibles. La intervención, sostiene, se organizó sobre la marcha, como ocurre en este tipo de urgencias.

Tras el desprendimiento apareció además otro elemento que agravaba el problema. Detrás del muro había restos de escombro acumulados desde la propia construcción del edificio. “Nadie se espera que además del problema de dilatación tengas 300 kilos de ladrillo empujando”, resume el arquitecto.

Ese hallazgo, según explica, ayuda a entender por qué el comportamiento del paño resultó tan llamativo y por qué el empuje hacia el exterior fue tan acusado.

Más allá del episodio concreto, Gómez Iborra cree que lo ocurrido en la calle Paraguay refleja un problema más amplio. A su juicio, existe una idea demasiado extendida de que los edificios levantados hace 50 o 60 años siguen estando prácticamente nuevos.

“Los edificios tienen una vejez y una vejez que necesita mantenimiento, necesita cuidados, necesita control”, afirma. En su opinión, muchas de estas patologías aparecen cuando se confía en exceso en que los inmuebles siguen respondiendo igual que el primer día.

El arquitecto de OSEN insiste en que las inspecciones y revisiones deben hacerse con tiempo suficiente y con una mirada técnica real sobre el estado del edificio. Considera que, en muchas ocasiones, las comunidades de propietarios tienden a retrasar decisiones o a reducir costes en procesos que exigen un análisis profundo. Y advierte de que las juntas de dilatación, las fisuras y otros pequeños avisos en fachada no siempre son detalles menores, sino señales de que el inmueble necesita atención.

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