Perder el móvil ya no es solo quedarse sin llamadas o sin WhatsApp. En él viajan las fotografías de los últimos años, las tarjetas bancarias, las llaves digitales de casa, las entradas para un concierto, las contraseñas y, para muchos, hasta el billete del autobús. Por eso, cuando desaparece, la primera reacción suele ser la misma: volver sobre los propios pasos con la esperanza de encontrarlo donde uno cree haberlo olvidado.
Lo curioso es que, en Vitoria, esa búsqueda tiene bastantes posibilidades de terminar bien. Más del 86% de los teléfonos móviles que llegan al servicio municipal de objetos perdidos consiguen regresar a manos de sus propietarios, una cifra que convierte al móvil en uno de los objetos con más opciones de volver a casa.
No ocurre por casualidad. Un teléfono deja muchas pistas. Aunque esté bloqueado, alguien puede llamar mientras otra persona lo ha encontrado, aparecer un contacto de emergencia en la pantalla o activarse alguna herramienta de localización. Recuperarlo suele depender, además, de un gesto que sigue siendo más habitual de lo que podría pensarse: que quien lo encuentra decida entregarlo.
Hay incluso objetos que tienen todavía más suerte. Los bolsos y las mochilas rozan el 90% de devoluciones, gracias a que en su interior suelen aparecer documentos, tarjetas o cualquier otro elemento que facilita localizar rápidamente a su dueño. También las carteras tienen muchas posibilidades de regresar cuando conservan la documentación.
El panorama cambia por completo cuando lo que aparece es dinero en efectivo. Durante el último año se registraron 558 entregas de dinero encontrado, pero solo 301 pudieron volver a sus propietarios. Es algo más de la mitad. La explicación es sencilla: unos billetes sueltos apenas dejan rastro. Sin una cartera, un documento o una forma clara de acreditar la pérdida, resulta muy difícil demostrar a quién pertenecían.
Las llaves representan otro de los grandes quebraderos de cabeza. Salvo que lleven un llavero fácilmente identificable o alguna inscripción, localizar a su propietario suele ser casi imposible. Lo mismo ocurre con muchas gafas o prendas de ropa, que llegan a objetos perdidos sin ningún elemento que permita distinguirlas de otras similares.



