Así sostuvo el HUA Txagorritxu sus servicios críticos durante el ‘gran apagón’

El equipo de mantenimiento del HUA Txagorritxu relata en GasteizBerri.com cómo garantizó el funcionamiento de las áreas críticas durante el gran apagón mientras crecía la incertidumbre sobre la duración del corte.

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Con motivo del primer aniversario del ‘gran apagón‘, GasteizBerri inicia con este artículo una serie de entrevistas y reportajes para reconstruir cómo se vivió aquella jornada en diferentes ámbitos clave de Vitoria-Gasteiz.

Hospitales, seguridad, emergencias y transporte forman parte de un especial que busca mostrar qué pasó dentro de los servicios que tuvieron que responder mientras la ciudad intentaba entender el alcance de la caída eléctrica.


En el HUA Txagorritxu, el gran apagón empezó con un ruido. Sergio Jiménez, oficial de mantenimiento, estaba trabajando cuando oyó arrancar los generadores. Al principio pensó que sería una incidencia puntual. Algo menor. Pero enseguida vio que no.

“Directamente oí arrancar los generadores y me puse un poco en alerta”, recuerda.

A Javier Díaz de Cerio, responsable de Mantenimiento de la OSI Araba, el corte le pilló fuera del hospital, en pleno día festivo en Vitoria-Gasteiz. Se había ido la luz en la ciudad, miró el móvil, vio las alarmas del hospital y llamó a Txagorritxu. Ahí entendieron que no era un corte cualquiera.

Dentro del hospital, la cuestión no era averiguar qué estaba pasando en España o cuánto territorio estaba afectado. Lo urgente era otra cosa. Había que comprobar que nada esencial se había parado.

En un hospital, un apagón no se parece al de cualquier otro edificio. No se trata solo de luces apagadas o de ordenadores que dejan de funcionar. Hay servicios que no pueden detenerse ni un instante. Por eso, mientras fuera todo era confusión, en Txagorritxu el equipo de mantenimiento empezó a revisar que el respaldo eléctrico hubiera entrado bien y que las zonas más delicadas siguieran cubiertas.

Cuatro centros de transformación y distintos niveles de respaldo

Díaz de Cerio explica que el HUA Txagorritxu funciona con cuatro centros de transformación. Son, en la práctica, cuatro acometidas eléctricas que alimentan diferentes partes del complejo. La electricidad llega al hospital en media tensión y luego se transforma para dar servicio a los edificios. A partir de ahí, cada uno tiene un sistema de respaldo distinto.

Cuando se va la luz, entran los grupos electrógenos. Pero no lo hacen al instante. Necesitan unos segundos para arrancar y estabilizarse. En mantenimiento a ese pequeño corte le llaman “guiño”. Son unos diez o quince segundos entre la caída de la red y la entrada del respaldo.

No todos los edificios lo notan igual. El edificio de servicios generales, donde están Urgencias, la UCI, Neonatos, partos y los quirófanos, tiene además baterías de alimentación ininterrumpida. Esas baterías cubren justo esos segundos y evitan que se note el corte. Según explica Díaz de Cerio, ahí “no hubo ningún tipo de corte” perceptible.

No pasa lo mismo en otras zonas. En el edificio principal, donde está buena parte de la hospitalización, sí hay ese pequeño corte inicial. Y además los grupos electrógenos no cubren toda la instalación, sino solo los servicios críticos previstos en el plan de contingencia. Es decir, el sistema está pensado para sostener lo esencial, no para que todo siga exactamente igual que en una jornada normal.

A eso se suma el edificio industrial, del que dependen distintos suministros energéticos del complejo, y el área de consultas externas, que aquel día tenía menos peso porque era festivo y no estaba funcionando como en una jornada ordinaria. Todo eso obligó a priorizar muy rápido.

Lo primero fue ir a los puntos más sensibles

En cuanto vieron que no era una avería menor, el equipo se repartió por zonas. Había que comprobar que los grupos electrógenos habían arrancado bien, que las baterías no daban alarmas y que las áreas más críticas estaban cubiertas.

Díaz de Cerio se acercó al hospital y se coordinó con Sergio Jiménez y con el resto de técnicos que estaban allí. La prioridad fue el edificio de servicios generales. Después, el edificio principal de hospitalización. Consultas externas quedó en segundo plano por el festivo. El edificio industrial también se revisó, aunque al principio preocupaba menos.

“Lo primero era ir inmediatamente a los sistemas más críticos y vigilar y chequear”, resume Díaz de Cerio.

La revisión no era un simple trámite. Que un sistema sea automático no significa que se pueda dejar solo. Un grupo electrógeno puede arrancar bien o no. Puede entrar un motor y otro no. Puede aparecer una alarma. Puede haber un problema en la conmutación. Por eso había que ir uno por uno, edificio por edificio, viendo qué estaba pasando de verdad.

En lo esencial, la respuesta fue buena. Las baterías y los grupos electrógenos del edificio de servicios generales funcionaron como tenían que funcionar. Gracias a eso, áreas como la UCI, Urgencias, Neonatos, partos y quirófanos siguieron operativas.

Mientras lo crítico aguantaba empezaron a llegar llamadas de todas partes

La presión llegó por otro lado. En cuanto se confirmó que el apagón era general, empezaron a sonar los teléfonos desde distintos puntos del hospital.

Jiménez recuerda que el teléfono de mantenimiento no dejaba de sonar. Había avisos por ordenadores sin alimentación, por puntos de luz que no funcionaban y también por equipos de rayos que se habían quedado fuera de servicio. En esos casos hubo que buscar alternativas.

Ahí se vio bien una de las claves de lo que pasó en Txagorritxu. El respaldo estaba diseñado para proteger lo más importante, no para mantener toda la actividad del hospital exactamente igual en cualquier punto del edificio. En el edificio principal, por ejemplo, la cobertura de emergencia llegaba a los puntos incluidos en el plan de contingencia, a determinados enchufes, equipos y servicios esenciales, pero no a todo.

Eso explica por qué había incidencias en ordenadores, enchufes o equipos concretos mientras las áreas más delicadas seguían funcionando.

En ese momento había tres personas de mantenimiento para atender toda la situación. Tenían que moverse por distintos edificios, revisar sistemas complejos y responder a un aluvión de llamadas al mismo tiempo. Y, además, decidir en cada momento qué era urgente y qué podía esperar.

Lo peor no fue el corte sino no saber cuánto iba a durar

Tanto Díaz de Cerio como Jiménez vuelven una y otra vez a la misma idea. Lo más duro no fue que se fuera la luz. Tampoco el arranque de los sistemas de respaldo. Lo más difícil fue la incertidumbre.

“Lo que más me llamó la atención es la incertidumbre”, dice Díaz de Cerio.

En Txagorritxu ya habían vivido otros cortes eléctricos. Algunos incluso largos. Pero en esos casos sabían más o menos a qué se enfrentaban. Era una avería localizada, un problema en una línea, un corte con una explicación concreta. Esta vez no. No tenían una causa clara ni una previsión fiable de cuándo volvería la luz.

La información llegaba a trozos, por radios analógicas y por comentarios sueltos. Se hablaba de Portugal, de Italia, de otros lugares afectados. Todo eso agrandaba la sensación de que no estaban ante una incidencia normal.

El hospital estaba preparado para resistir. La duda era otra. Cuánto tiempo iba a tener que hacerlo.

“Yo recuerdo los momentos de angustia de no saber si iban a ser días”, añade Díaz de Cerio.

Ahí apareció también la parte más humana de la historia. Mientras intentaban sostener el hospital, ellos también querían saber qué estaba pasando fuera y poder contactar con sus familias. Esa mezcla de responsabilidad profesional y desconcierto personal es una de las cosas que más les ha quedado grabada.

Cuando pasaron las horas la preocupación se fue a los depósitos

A medida que avanzaba el apagón, el problema cambió de tamaño. Al principio todo estaba centrado en comprobar que generadores y baterías habían respondido. Más tarde la pregunta pasó a ser otra. Cuánto tiempo podían seguir así.

La autonomía de los generadores depende de cada equipo y de la capacidad de sus depósitos. Según explica Díaz de Cerio, ese margen puede estar entre ocho y veinticuatro horas. En el edificio de servicios generales, además, hablan de depósitos de 20.000 litros, lo que da una idea de la escala con la que trabaja el hospital.

Aun así, no saber cuánto iba a durar el apagón obligó a ir un paso más allá. El equipo empezó a contactar con empresas de suministro para preparar la llegada de camiones de gasóleo por si la situación se alargaba.

“Ya estábamos moviendo los camiones”, recuerda Díaz de Cerio.

Al final no hizo falta recurrir a ellos porque la luz volvió antes. Pero esa gestión ya estaba activada. Y eso dice bastante de cómo se estaba viviendo la situación dentro del hospital. La preocupación ya no era solo si todo había arrancado bien. Era si iban a poder mantenerlo durante mucho más tiempo.

La red fija interna siguió funcionando pero fuera era mucho más difícil comunicarse

El apagón también complicó las comunicaciones. Los móviles funcionaban mal y contactar con gente de fuera o con proveedores no era fácil. Eso metía todavía más presión a una jornada ya bastante tensa.

Dentro del hospital, en cambio, la red fija interna sí siguió funcionando gracias al propio respaldo energético del centro. Eso permitió mantener la comunicación entre servicios y dentro del sistema hospitalario. No solucionaba todo, pero sí daba un mínimo de coordinación en medio del caos.

Esa diferencia fue importante. En una situación así, una llamada que no entra o un contacto que no responde puede ser mucho más que una molestia. Puede retrasar una decisión o bloquear una gestión necesaria.

Cuando volvió la luz también hubo que vigilar el sistema

El trabajo no terminaba cuando regresara el suministro. Los técnicos explican que ese “guiño” del que hablan no solo puede darse al irse la luz. También puede producirse cuando vuelve.

Por eso, durante aquellas horas no solo estuvieron pendientes de cómo respondía el hospital al apagón. También tenían que vigilar qué pasaría cuando se recuperara la red, sobre todo en las baterías y en los sistemas de alimentación ininterrumpida.

Eso obligaba a revisar no solo que los generadores hubieran arrancado, sino también si todos los motores estaban funcionando bien, si no había alarmas pendientes y si la conmutación respondía como debía en cada edificio. La entrada del respaldo es automática, pero el seguimiento no se puede dejar solo al sistema.

Además, no era la primera vez que se enfrentaban a cortes eléctricos, incluso algunos prolongados, pero sí la primera vez que lo hacían sin información clara sobre lo que estaba ocurriendo fuera. Y eso cambió completamente el escenario.

Nada de esto salió de la nada

Todo lo que funcionó aquel día tenía detrás mucho trabajo previo. En el HUA Txagorritxu se hacen mantenimientos semanales y mensuales. Y, además, una vez al año se simula un corte real para comprobar que todo responde como debe.

Esas pruebas no son menores. Obligan a coordinarse con distintos servicios del hospital y a revisar grupos electrógenos, baterías, automatismos y sistemas de conmutación, es decir, todo el mecanismo que detecta el fallo de la red y reparte la alimentación alternativa.

Ese trabajo no suele verse. Mientras todo funciona, queda en segundo plano. Pero cuando la red cae es cuando se ve si está bien hecho o no.

“Si no se hace el mantenimiento, los grupos no funcionan”, resume Díaz de Cerio.

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