Orbán ha perdido en Hungría: qué significa la caída del «modelo» de la ultraderecha europea (y de Abascal)

El servicio de inteligencia exterior ruso (SVR) llegó a proponer un falso intento de asesinato contra Orbán para mejorar sus opciones electorales. Toda esa maquinaria ha fracasado estrepitosamente esta noche.

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Viktor Orbán, el primer ministro más longevo de la Unión Europea, ha concedido la derrota en las elecciones parlamentarias húngaras de este domingo. Con el 46% del escrutinio completado, el partido opositor Tisza, liderado por Péter Magyar, se ha encaminado hacia el 68% de los escaños del parlamento frente al 29% de Fidesz. La participación ha alcanzado el 77,8%, la más alta desde la caída del comunismo. Hungría ha dicho basta.

Para quienes seguimos la política europea desde Euskadi, la pregunta inmediata es obvia: ¿y a nosotros qué nos importa lo que pase en un país de menos de diez millones de habitantes a 2.000 kilómetros de Gasteiz? La respuesta corta: mucho. Entre otras cosas, porque el partido de Santiago Abascal se ha financiado con dinero de un banco controlado por el gobierno que acaba de caer. Pero vayamos por partes.

Cómo se construye una autocracia sin dar un solo golpe de estado

Orbán llegó al poder en 2010 con una supermayoría de dos tercios y su filosofía era sencilla: «Solo hay que ganar una vez, pero ganar a lo grande». Y cumplió. En su primer año aprobó cientos de leyes nuevas, redactó una constitución a puerta cerrada que el parlamento debatió durante solo nueve días y redibujó los distritos electorales a su medida. El resultado: en 2014, su partido obtuvo el 45% de los votos pero se llevó el 91% de los distritos. Los observadores internacionales describieron las elecciones húngaras desde entonces como «libres, pero no justas». Eres libre de votar a quien quieras, ya sea Orbán o quien inevitablemente vaya a perder contra él.

No fue un golpe de estado clásico. Los autócratas del siglo XXI no usan tanques: usan abogados. Orbán copó los tribunales con leales, eliminó la capacidad del tribunal constitucional para evaluar enmiendas constitucionales, y sus aliados compraron más de 500 medios de comunicación (once emisoras de radio, veinte canales de televisión, centenares de publicaciones digitales e impresas) hasta controlar aproximadamente el 80% del mercado mediático húngaro. Empleados anónimos de la televisión pública húngara han explicado que recibían artículos ya redactados desde el gobierno: no hace falta editar nada, solo copiar y pegar. Un estudio del noticiario nocturno de la televisión pública reveló que, en seis meses, no se emitió un solo segundo de cobertura negativa sobre políticos del partido gobernante. Literalmente cero segundos.

Para quienes trabajamos en medios locales independientes, esa imagen produce escalofríos. En GasteizBerri nos financiamos con publicidad local; no tenemos un oligarca detrás. Pero la concentración mediática no es un fenómeno exclusivamente húngaro. En España conocemos bien cómo los grandes grupos pueden condicionar la agenda. Y como veremos más adelante, el modelo propagandístico de Orbán tiene una réplica con nombre y apellido en nuestro país.

Un parque temático de la reacción

Hungría bajo Orbán se ha convertido en una especie de laboratorio de las obsesiones de la nueva derecha radical. Un parque temático de ideas reaccionarias que ha atraído peregrinaciones de políticos conservadores de medio mundo.

La obsesión migratoria ha sido su bandera principal. Orbán construyó una valla electrificada en la frontera, aprobó una ley llamada «Stop Soros» que criminalizó la asistencia a solicitantes de asilo (incluso ayudarles con el papeleo), y expulsó de Budapest la universidad centroeuropea fundada por George Soros. El detalle irónico: el propio Orbán estudió en Oxford gracias a una beca financiada por Soros.

El ataque a los derechos LGTBIQ+ ha sido sistemático. Su gobierno redefinió legalmente la familia para bloquear la adopción por parejas del mismo sexo, prohibió a las personas trans cambiar su género en documentos oficiales, y en 2021 aprobó una ley que prohíbe contenido LGTBIQ+ en escuelas y medios. Nueve meses después, Ron DeSantis copió esa ley en Florida. En el CPAC de Budapest, Orbán lo resumió con un eslogan que parece sacado de un bazar de camisetas: «Necesitamos más rangers y menos drag queens, más Chuck Norris». Eso sí, Chuck Norris falleció la semana pasada, así que el argumento tiene un problema logístico. En GasteizBerri no olvidamos: la igualdad y la protección de los derechos de la comunidad LGTBIQ+ son valores innegociables, en Gasteiz y en Budapest. El verano pasado, cuando Orbán prohibió las manifestaciones del Orgullo, los húngaros respondieron llenando las calles en la marcha más multitudinaria de su historia, desafiando incluso las cámaras de reconocimiento facial del gobierno.

Y luego está la natalidad. Orbán destinó el 5% del PIB a programas para incentivar que las familias húngaras tuvieran más hijos, con préstamos sin intereses que se cancelaban al tener tres criaturas. No ha funcionado: la tasa de fertilidad húngara ha caído al nivel más bajo en una década y la población sigue menguando. Quizá porque la gente no se siente optimista criando hijos en un país donde dos tercios de los ciudadanos consideran que el sistema educativo es malo, y la sanidad se ha deteriorado hasta el punto de que Orbán tuvo que firmar un decreto ejecutivo para garantizar que los hospitales tuvieran papel higiénico. Su secretario de Sanidad defendió públicamente que era «una imposibilidad matemática» que hubiera papel higiénico en todos los baños hospitalarios en todo momento. Cualquiera que haya pisado un ambulatorio de Osakidetza en hora punta sabe que las cosas pueden ir mal, pero esto es otro nivel.

La conexión española: Abascal, el dinero húngaro y Patriotas por Europa

Y aquí es donde la historia nos toca de cerca.

Santiago Abascal no se ha limitado a admirar a Orbán desde la distancia. Le ha hecho un seguidismo casi devocional. Ha viajado regularmente a Budapest para participar en la CPAC húngara, donde en abril del año pasado definió a Hungría como «la aldea gala de Astérix y Obélix» y la presentó como «ejemplo y paradigma» para toda la UE. En el verano de 2024, Vox abandonó el grupo de los Conservadores y Reformistas Europeos (ECR) de Giorgia Meloni, donde ya tenía asignada una vicepresidencia, para fundar con Orbán el grupo Patriotas por Europa, que Abascal preside. La relación, admiten fuentes cercanas a Fidesz, no es solo ideológica: es económica.

Vox ha recibido al menos 16,2 millones de euros en préstamos del Magyar Bankholding (MBH) entre 2023 y 2025 para financiar sus campañas electorales: las municipales y generales de 2023 y las europeas, autonómicas vascas, gallegas y catalanas de 2024. El mayor accionista de MBH es Corvinus International Investment, un fondo controlado en su totalidad por el Estado húngaro, cuyos derechos de propiedad ejerce el Ministerio de Economía Nacional de Hungría. MBH es además propiedad parcial de Lörinc Mészáros, el empresario más rico de Hungría y amigo de infancia de Orbán.

La ley española de financiación de partidos prohíbe explícitamente «cualquier forma de financiación por parte de Gobiernos y organismos, entidades o empresas públicas extranjeras o de empresas relacionadas directa o indirectamente con los mismos«. La Fiscalía Anticorrupción abrió diligencias por el primer préstamo de 6,5 millones pero terminó archivando el caso porque Vox ya había devuelto el dinero y ya había sido sancionado por vía administrativa. El Tribunal de Cuentas, por su parte, ha sancionado a Vox con 862.000 euros por infracciones graves relacionadas con donaciones no identificadas.

Cuando se le preguntó por la cercanía del banco a Orbán, la portavoz de Vox en el Congreso, Pepa Millán, respondió: «Yo no sé si ese banco es cercano a Orbán o no, yo sé que es un banco húngaro». Una frase que, como defensa, es el equivalente político de decir «yo no sé si esa gasolinera es de Repsol, yo sé que tenía gasolina».

Hay más. Vox ha replicado directamente la infraestructura de propaganda de Orbán. Bipartidismo Stream, la plataforma mediática del partido de Abascal, es una copia reconocida de Megafon, el canal que Fidesz ha utilizado para dominar el relato político en Hungría. El modelo era: crear un ecosistema mediático propio que amplifique el mensaje del partido sin pasar por la rendición de cuentas del periodismo convencional.

La derrota de Orbán deja a Abascal en una posición complicada. Sin el gobierno húngaro detrás, Patriotas por Europa pierde su base estatal, su capacidad de bloqueo en el Consejo Europeo y, según fuentes que trabajan con Fidesz citadas por The Objective, también «los pies que te sustentan». Queda por ver si Vox podrá seguir accediendo a financiación húngara cuando el banco que le ha prestado millones esté bajo un gobierno que ha prometido investigar precisamente la corrupción del régimen anterior.

El club de fans que se quedó sin ídolo

La lista de admiradores internacionales de Orbán es un catálogo bastante revelador de en qué dirección soplaba el viento. En un vídeo de campaña publicado por Fidesz aparecían avalándole Netanyahu, Marine Le Pen, Javier Milei y, por razones que la ciencia aún no ha podido explicar, el actor Rob Schneider.

Rob Schneider. Fuente: Improv.com
Rob Schneider. Fuente: Improv.com

Pero la relación más intensa ha sido con el Partido Republicano estadounidense. La Conferencia Política de Acción Conservadora [CPAC], principal conferencia conservadora de EE.UU., ha celebrado ediciones satélite en Budapest durante varios años. Congresistas norteamericanos han peregrinado a Hungría describiéndola como «un faro para Occidente» y un modelo para sus propias políticas migratorias. El propio Trump ha elogiado a Orbán como «uno de los líderes más fuertes del mundo«, aunque en una ocasión memorable se confundió y lo presentó como «el líder de Turquía«. En su defensa: los dos países empiezan con la misma sílaba y ambos estaban gobernados por un autoritario.

La inversión de la derecha trumpista en Orbán quedó clara hasta el último minuto. El vicepresidente J.D. Vance viajó a Budapest la semana pasada para apoyar la campaña de Fidesz, y Trump llamó por teléfono durante un mitin para describir a Orbán como «un hombre fantástico» ante el público húngaro. Los documentos filtrados esta semana han revelado que Rusia también apostó fuerte: el servicio de inteligencia exterior ruso (SVR) llegó a proponer un falso intento de asesinato contra Orbán para mejorar sus opciones electorales, y el GRU desplegó un equipo de «tecnólogos políticos» en la embajada rusa en Budapest. Toda esa maquinaria ha fracasado estrepitosamente esta noche.

Cómo se derrota a un autócrata electoral

Lo que ha ocurrido hoy en Hungría merece un caso de estudio en todas las facultades de ciencias políticas del mundo. Y quizá también en Sabin Etxea.

Péter Magyar tiene 45 años y hasta hace dos era miembro de Fidesz, el propio partido de Orbán. Rompió con el primer ministro en 2024 después de que estallara un escándalo de indultos vinculados a un caso de abusos a menores. A partir de ahí, fundó el partido Tisza y empezó a recorrer Hungría denunciando la corrupción del sistema que él mismo había conocido desde dentro. Su mensaje ha sido sencillo: «No queremos seguir viviendo con miedo. Este país es de todos, no solo de los que están en el poder«.

Magyar no es un izquierdista ni un revolucionario. Es un conservador que decidió que la corrupción y el autoritarismo habían llegado demasiado lejos. Un votante húngaro lo resumió con una honestidad desarmante ante las cámaras: «Si hubiera un buen partido de izquierdas, votaría por ellos. Pero no lo hay. Así que votaré a Magyar». No es un entusiasmo desbordante, pero con una participación récord del 77,8% ha bastado para tumbar a un sistema diseñado expresamente para perpetuarse.

Magyar comparte posiciones conservadoras con Orbán. No es el reformador soñado. Pero ha prometido devolver a Hungría al marco democrático europeo, desbloquear los fondos de la UE congelados (casi 20.000 millones de euros), perseguir la corrupción y dejar de actuar como el caballo de Troya de Putin dentro de la Unión.

Qué significa para Europa, para Euskadi, para ti

La derrota de Orbán tiene consecuencias que se notarán muy lejos de Budapest.

Para Ucrania, el cambio puede ser decisivo. Hungría llevaba meses bloqueando un préstamo europeo de 90.000 millones de euros vital para Kiev. Ese bloqueo puede terminar en cuestión de semanas.

Para la UE, Hungría ha sido durante años el país que utilizaba su derecho de veto para torpedear sanciones a Rusia, frenar la ayuda a Ucrania y obstruir decisiones comunes. Con Magyar en el gobierno, se abre la posibilidad de una Unión Europea que funcione de forma más cohesionada en seguridad y política exterior, algo que nos afecta directamente en una comunidad autónoma con una industria exportadora que depende de la estabilidad del mercado único.

Para la extrema derecha global, la señal es inequívoca. Polonia echó al PiS ultraconservador en 2023. En Italia, los votantes rechazaron la reforma judicial de Meloni en marzo. Y ahora Hungría ha destronado a Orbán con una participación histórica. El «modelo iliberal» que tanto gustaba en los CPAC de Budapest acaba de demostrar que incluso un sistema diseñado por y para un autócrata puede ser derrotado por los votantes. Como advertía una analista del German Marshall Fund: «Si el régimen de Orbán no es a prueba de todo, los movimientos de extrema derecha de cada país tendrán que asumir esa lección».

Para España y para Vox, la derrota es un golpe directo. Abascal pierde a su mentor, a su banquero y al único jefe de gobierno que daba credibilidad institucional a Patriotas por Europa. La estructura financiera y propagandística que Vox ha importado de Budapest se queda, de la noche a la mañana, sin casa matriz.

Y para quienes vivimos en Vitoria-Gasteiz, la lección es más sutil pero igual de importante. Un político húngaro advirtió hace poco a los estadounidenses: «Deberían cuidar su democracia, porque si alguien consigue desactivar los contrapesos institucionales, caerían igual que nosotros«. Los contrapesos (tribunales independientes, medios libres, elecciones justas) no son un lujo teórico. Son lo que separa una democracia de un régimen que reparte papel higiénico por decreto.

Hoy los húngaros han demostrado que esos contrapesos, aunque debilitados, pueden funcionar cuando la ciudadanía decide que ya basta.

Desde Zaramaga hasta Budapest, eso se entiende perfectamente.

Un artículo de Alex García para GasteizBerri.com

Fotografía de portada Ale_Mi cedida por Depositphotos.com

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