Con motivo del 50 aniversario de la matanza del 3 de marzo en Zaramaga, GasteizBerri continúa su serie de testimonios con voces del barrio. Mari Bermejo llegó a Zaramaga desde un pueblo de Ávila con veintitrés años, un marido y dos hermanos a cuestas. Era una madre joven con dos hijos pequeños cuando todo ocurrió. Su recuerdo no es el de la iglesia ni el de las fábricas: es el de un barrio donde todas las puertas estaban abiertas y de repente se cerraron.
Testimonio
Recuerdos del 3M · Entrevista 4
María Bermejo Martín
Origen
Puerto Castilla, Barco de Ávila
En Zaramaga desde
Diciembre de 1969
«
Que te podía haber tocado a ti, piensas. Porque fueron unos días de mucho miedo.
¿De dónde venís vosotros?
Somos de Ávila, de un pueblo que se llama Puerto Castilla, cerca del Barco de Ávila. Nos conocemos desde que nacimos, del mismo pueblo de toda la vida. Allí se vivía bien porque a nadie le faltaba qué comer: todo el mundo sembraba patatas, alubias, se cogía fruta, el que no tenía una piara de cabras tenía una o dos vacas para la leche y el queso, se hacía la matanza al año, había gallinas. Pero claro, los jóvenes se iban marchando. Paco se vino primero, con catorce años, a trabajar a una fábrica de embutidos que tenía un tío suyo en Orozco. Luego pasó por Aceros de Llodio y acabó en Tuboplast. Y yo me vine cuando nos casamos, con veintitrés años. Pero no vine sola: me traje a mis hermanos y a mi padre. Mi madre se había muerto cuando yo tenía dieciocho años y me quedé con cuatro hombres en casa. Así que cuando me casé, al medio año ya nos los habíamos traído a todos.
¿Cómo era Zaramaga cuando llegasteis?
Vinimos en diciembre del 69. Los pisos eran nuevos, los primeros vecinos habían llegado en mayo de ese año. Todo era nuevo y todo el mundo era joven. En esta casa, de arriba abajo, la que no traía los hijos pequeñitos venía embarazada. Todas las puertas abiertas. La gente subía, bajaba, se conocía todo el mundo. Era como una familia.
¿Había vida de barrio?
Muchísima. Mira, ahí donde está la floristería, toda la vida hubo una carnicería, seguida de la pescadería y seguida de la panadería. Ibas a por el pan, a por el pescado, a por la carne, y hablabas con medio barrio. No existían los supermercados, eran las tiendillas del barrio. Y luego estaba el bar de Losada, que lo tenían unos gallegos. Aquello parecía una familia: todos al bar después de las reuniones de vecinos. Los domingos íbamos a misa y luego a tomar el vermú. Los curas de la iglesia de San Francisco organizaban excursiones con autobuses: un domingo ibas a Bilbao, a la playa, otro a San Sebastián, otro a Irún. Iban todos los padres con los hijos. Se pasaba muy bien.
Un barrio obrero, ¿no?
Sí, obrero y todo el mundo vivía justo, si te pillo y no te alcanzo. No había así de decir, oye, qué preparada, qué rica. No. Aquí todo el mundo igual. Familias con cinco hijos en pisos pequeños. Pero se vivía bien porque había mucha comunidad, mucho conocerse, mucho ayudarse.
¿Cómo empezó el 3 de marzo para ti?
Como cualquier otro día. Llevamos a los hijos al colegio, a María Eugenia y a Paquito, al colegio que hay al pie del cementerio, como todos los días. El pequeño todavía no había nacido.
¿En qué momento te diste cuenta de que algo iba mal?
Empezó a haber movimiento en la calle y llamaron del colegio para que fuéramos a recoger a los niños. Alguien vino avisando, diciendo que fuéramos a buscarlos. Yo fui corriendo.
¿Te llevaste solo a los tuyos?
No. Me traje también a otras dos niñas, Soraya y Maite, que vivían aquí muy cerquita, en la calle Santa Isabel. Teníamos muchísima amistad con sus padres. El padre tenía una relojería enfrente del cementerio, toda la vida ha sido una relojería esa lonja. La madre era guapísima, pero se murió muy joven, con treinta y seis o treinta y siete años. Ese día estaban los dos trabajando, así que fui al colegio, recogí a mis dos hijos y a las dos niñas, y cuando llegué a casa llamé a su madre: oye, mira, que las niñas me las he traído yo, que he ido a recoger a los míos y están aquí en casa, no te preocupes. Los profesores estaban en el patio entregando a los niños a quien iba a por ellos, lo que querían era que la gente fuese a recogerlos cuanto antes y cerrar el colegio.
¿Cómo era el ambiente entre las madres a la puerta del colegio?
Todo el mundo muy deprisa, como con miedo, deseando coger a los críos y venirte para casa. Uno oía una cosa, otros decían otra, otros decían otra. Mucha policía pasando, manifestaciones, lo mismo tan pronto venían para arriba como para abajo. Y una vez que te trajiste a los críos, pensabas: ya los tengo aquí, yo ya me quedo en casa con ellos.
¿Cuánto tiempo estuvieron los niños sin ir al colegio?
Unos pocos de días. Hasta que pasaron los funerales y se tranquilizó todo. Los críos en casa. Y nosotras sin salir más que a lo imprescindible.
¿Cómo era ir a hacer la compra en esos días?
Ir, comprar y procurar venirte enseguida para casa. Si no tenías que salir por obligación, te quedabas dentro. Había miedo, había como un respeto, una cosa rara. Y luego ya, cuando empezaron a decir que había muertos, la gente con un silencio… Parece que no te atrevías ni a salir ni a hablar. Estaba la gente con mucho miedo.
¿Cómo llegaban las noticias?
De vecina en vecina. Pues dicen esto, pues dicen lo otro, pues dicen que ha pasado aquello. Pero no sabías nada de verdad. Cada uno decía su cosa. Los maridos estaban todos en las fábricas, cada uno en la suya. Las mujeres estábamos todas en los pisos con los hijos. Una se enteraba de una cosa, la otra de otra. Las que tenían televisión veían algo, pero tan pronto decían una cosa como otra, que ha habido un muerto, que han sido dos. Y luego la radio. Mucho cuchicheo, pero nadie sabía nada seguro.
¿Disparaban también hacia las casas?
Disparaban a las ventanas. La policía pasaba por aquí para arriba y para abajo, como a la expectativa, a ver qué movimiento había. Y la gente se asomaba con miedo, pero se asomaba.
¿Qué pasó el día de los funerales?
Llevaron todos los féretros por las calles y pasaron por aquí. La gente se asomaba a los balcones y los de abajo nos gritaban que bajáramos, que en vez de estar arriba bajáramos a acompañarles. Se veía una cantidad de gente impresionante, gritando, con todos los féretros. Hicieron luego el funeral en la iglesia de San Francisco. Y la policía, venga a pasar policía.
Después del 3 de marzo, ¿cómo era volver a entrar en la iglesia de San Francisco?
Es que en esa iglesia mis hijos hicieron la primera comunión, iban a la catequesis, iban a todo. Cuando volvimos a ir, se veían los cristales rotos todavía. Entrabas dentro y te acordabas de lo que había pasado. Pero la vida seguía, y nos habían asignado esa parroquia, así que ahí íbamos. Los curas siguieron organizando catequesis, actividades para los niños. Había uno jovencito que era muy majo, muy simpático. La iglesia volvió a funcionar, pero ya no era lo mismo.
¿Conocías personalmente a alguno de los que murieron?
No. Yo no conocía a ninguno. Trabajaban en Forjas Alavesas y en otras fábricas. Eran más del interior de Zaramaga y de otros barrios. Y nosotros llevábamos muy poco tiempo aquí en Vitoria, no conocíamos a casi nadie todavía.
50 años después, ¿qué se te viene a la cabeza cuando piensas en el 3 de marzo?
Qué miedo. Que te podía haber tocado a ti, piensas. Fueron unos días de mucho miedo. La gente no se atrevía ni a salir ni a hablar. Salías y hablabas con las vecinas, pero parece que no te atrevías a opinar en alto. Había como un miedo y un respeto, una cosa muy triste. Porque no sabías qué iba a pasar, qué consecuencias iba a haber. Tan pronto oías una cosa como venía otra: pues dicen que han muerto dos, pues dicen que la policía ha entrado en la iglesia. Dicen, dicen. Y no sabías nada seguro. Todas teníamos hijos pequeños.
¿Qué os parece que la gente joven siga recordando lo que pasó?
Pues oye, que está bien que lo sigan recordando. Pasan los años, como con todas las cosas, y la gente no es que lo olvide, pero lo va dejando atrás. Pero al que le tocó, le tocó. Y eso no se puede olvidar.